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El neuropediatra

Blog del Dr. Daniel Martín Fernández-Mayoralas. Neurología. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo

Los miedos en los niños (Segunda parte)

Miedo en niños y adolescentes

Pautas para la familia


La familia es un entorno protector, que ayuda a resolver las situaciones angustiosas. Con su apoyo, los menores aprenden a encarar el miedo, experimentar lo que es y persuadirse de que nunca deja de ser pasajero.

Si un niño nos confiesa que tiene miedo, no lo trivialicemos. Averigüemos qué es lo que le da miedo, cómo se siente exactamente y animémosle diciendo que juntos pensaremos en cómo enfrentarlo.

Es muy positivo que los niños sientan que les tomamos en serio, que captamos sus problemas como algo real, que no los consideramos tonterías. No olvidemos la importancia de validar los sentimientos infantiles y de demostrarles nuestro cariño y aceptación cualesquiera que sean estos sentimientos.

Aunque, a veces, los menores no son capaces de explicarse, de explicar cómo se sienten y menos aún el porqué, demostremos que estamos dispuestos a escucharles y asegurémosles que les vamos a ayudar.

Los niños pequeños necesitan la presencia de un adulto para restablecer las sensaciones de protección y seguridad. Es importante, para ello, que esté localizable y que responda con una caricia o una palabra, haciéndole saber que está presente.

Teniendo en cuenta los distintos tipos de miedos evolutivos, antes mencionados, algunas recomendaciones serían:

  • Respecto al miedo a la oscuridad, puede usarse una lucecita en la habitación del pequeño, que proyecte una luz indirecta. Lo que no debemos de hacer es reforzar ese miedo. Conviene tranquilizarle y ponerle la luz, pero sin dejarle venir con nosotros a nuestra cama, porque lo que ocurriría es que la ganancia secundaria de ese miedo se haría tan fuerte que conseguiríamos que se prorrogase durante el tiempo y aumentase incluso su intensidad. El niño necesita esa seguridad para seguir independizándose.
  • En torno a los seis años, aparecen ciertos temores o inseguridades a que pueda entrar alguien en casa… En estos casos, de nuevo, es necesario tranquilizar a nuestro hijo y convencerle de que no hay peligro. Así, si conseguimos que se ría, utilizando el sentido del humor, conseguiríamos tener un arma buenísima para desmontar las creencias que les llevan a temer por lo que pueda ocurrir.
  • Con los miedos a los sueños, nos puede ayudar darles un poquito de agua, besitos, decirles que no van a volver a tener miedo, que no se preocupen, y dejarlos durmiendo en su cama. Recordemos que, si les pasamos a la nuestra, se puede generar un problema mayor. La mayoría de las ocasiones, más que tener miedo, el niño no ha aprendido a estar solo y la sensación de soledad en medio de la noche le produce inseguridad, así que llaman a papá o a mamá.
  • Miedo a los animales. Los más mayores suelen tener miedo a los perros y otros animales, aunque a veces es sólo prudencia. Sería diferente que el niño quedase tan bloqueado por ver a un perro, que la respuesta de ansiedad y angustia fuese completamente desproporcionada; entonces, hablaríamos de un problema. Para el resto de casos, conviene que los niños se expongan a la situación temida, conociendo al animal de forma progresiva y pasando el suficiente tiempo a su lado como para acostumbrarse a su compañía.
  • Ante el miedo a los monstruos, propio del momento evolutivo en que la imaginación del niño se dispara, es preciso buscar a estos seres sobrenaturales junto a él, para que compruebe que no están. Podemos también ofrecerle un muñeco protector y contarle cuentos sobre esta temática.
  • Los miedos sociales, a la muerte, las heridas, enfermedades… Merecen un capítulo aparte que abordaremos en otro momento.

Algunos consejos prácticos a nivel más general, serían:

- Si nuestro hijo pide la luz encendida o la puerta abierta es mejor atender a su demanda, ya que lo pide porque se siente amenazado. Mejor no hacer de esta petición un asunto de madurez porque le asustaría aún más. Y cuando consigan superarlo le diremos que ha conseguido un logro muy importante.

- El niño debe tener la seguridad de que el miedo pasará cuando se haya superado la situación.

- Aunque retroceda un poco y se muestre dependiente, no debemos temer porque no se volverá dependiente permanentemente.

- En los momentos que notemos que está sin miedo, hemos de reforzarle por su valentía y hacerle sentir un niño grande.

- Qué hacer cuando aparece el miedo:

  • Como venimos repitiendo, escuchar al pequeño cuando explica su miedo y asegurarle que le vamos a ayuda.
  • Mostrarse tranquilo y darle confianza, no trasmitir inseguridad. Al mismo tiempo, aceptar que nosotros también tenemos miedo y servirle de ejemplo de autosuperación, verbalizando lo que nos asusta y afrontándolo.
  • Enseñarle a acercarse a lo temido y hablar directamente de ello; animarle a que dibuje "esos monstruos".
  • Ayudarle, por tanto, a prepararse poco a poco y dotarle de estrategias.
  • Evitar el visionado de películas, o la realización de juegos o actividades que comporten violencia o terror.
  • Es importante afrontar los miedos de forma lúdica, escenificándolos, ya que de esta manera proporcionamos una válvula de seguridad que permite confesarlos sin necesidad de pasar vergüenza.

- Qué NO hacer:

  • Mostrarse excesivamente preocupado o sin respuesta.
  • Reírse de los miedos del niño; decirle que son tonterías y relativizar con el tema, sin darle importancia.
  • Amenazarle con castigos o forzarle a afrontar directamente la situación temida sin tener recursos para ello.
  • Lanzarle (nosotros o nuestro entorno) mensajes amenazadores, del tipo: "si no comes, llamaré al coco".
  • No hacer caso a nuestro hijo, esperando que se le pase o que deje de prestarle atención, pensando que el tiempo lo soluciona todo y que los miedos remitirán. Podrían convertirse en fobias.

Es cierto que, muchas veces, los temores desaparecen, aunque cueste creerlo cuando uno los está padeciendo. Por lo que es conveniente, no obsesionarnos con ellos y afrontarlos con paciencia y tranquilidad.

Otras veces, a los niños les cuesta entender que una determinada situación sea demasiado peligrosa. En estos casos, en vez de promulgar una prohibición, es mejor comentar con ellos qué destrezas o facultades creen tener para superar el trance. Ser valiente está bien, pero es necesario, además, aprender a distinguir entre valentía y temeridad.

* Post realizado con la colaboración de Charo Campos, especialista en neuropsicólogía infanto-juvenil, directora del Centro Cogniciona

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