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Blog del Sº de Cirugía Oral y Maxilofacial & Unidad de Odontología y Periodoncia Hospitalaria. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo

  • Un nuevo tratamiento no invasivo para el dolor-disfunción de la ATM. Se llama Cerezen.

    Dr. Javier Arias Gallo

    Siempre lo tuve claro: la peor ayuda para una persona baja de ánimo es decirle: ¡anímate! Cuando uno dice eso, casi puede oír la tensión en el cuerpo del poco animoso. Cierto es que funcionó cuando Jesús dijo al paralítico: "Levántate, toma tu camilla y anda". Y el paralítico se levantó. En nuestro caso, decir: "alegra esa cara", "no estés tan nervioso", o "concéntrate para estudiar mejor" suele llevar al resultado opuesto.

    El dolor-disfunción de ATM (articulación temporomandibular) es una causa frecuente de consulta maxilofacial. Uno de los factores, a veces causales, a veces agravantes, es el hábito de apretamiento dental, el bruxismo, que por sí mismo daña los dientes y los ligamentos de soporte dental, y que con frecuencia produce o agrava el dolor de los músculos masticatorios y la ATM, incluyendo la cefalea producida por contractura de los músculos temporales. Hay pacientes que bruxan de día, hay pacientes que bruxan de noche y hay pacientes que no paran de bruxar. Hay factores neurológicos, psicológicos, alteraciones del sueño (y muchos desencadenantes que desconocemos), pero uno de ellos tiene una importancia preponderante: el estrés. Así que una manera de reducir el bruxismo y sus consecuencias podría ser decirle la paciente: ¡relájese, hombre, tómese la vida con más tranquilidad!

    No funcionaría. Pero no me malinterprete: la atención psicológica es un factor importantísimo en el dolor de la cara y el cuello. Sin embargo, hay que resolver el problema en todas sus dimensiones. La siguiente cosa que podríamos decir, al menos al bruxista diurno, es: "¡no apriete!". Parece más razonable. Al fin y al cabo, se trata de una actividad producida por músculos voluntarios, durante el periodo consciente del individuo (hay gente un poco inconsciente incluso de día, pero no nos desviemos del tema). Lamentablemente, no podemos perseguir al paciente para que esté permanentemente pendiente de no apretar haciendo un esfuerzo consciente. Probablemente apretará más. O se volverá majareta.

    Las técnicas de biorretroalimentación (biofeedback en inglés) son un abordaje interesante para este tipo de comportamientos. Durante una sesión de electromiografía, el paciente ve en una pantalla la actividad eléctrica de sus músculos masticatorios, y va aprendiendo a relajarlos. Sin embargo, se trata de un tratamiento costoso, aún experimental, y que finalmente depende de que el paciente aprenda a seguir relajando esos músculos el resto del día.

    CerezenCerezen

    Hay un atajo que puede conseguir esta biorretroalimentación de modo más intuitivo.

    Se trata de un pequeño dispositivo que se pone en los conductos auditivos. Se llama cerezen (algún nombre había que ponerle). Es un tipo de tratamiento tan diferente, que requiere un poco de explicación. El mecanismo se descubrió por casualidad, cuando una paciente con dolor mandibular crónico, que además se estaba quedando sorda, fue a su audiólogo para que le fabricara un audífono. Los audífonos se fabrican a medida para cada paciente, tomando una impresión del conducto auditivo con una silicona, similar a las utilizadas e las tomas de impresión de los dientes. Resulta que el diámetro de los conductos auditivos es mínimo cuando los dientes están en contacto. Al abrir la boca, la articulación temporomandibular se mueve hacia delante y hace que el conducto auditivo se ensanche. A la paciente, quizá por error, le tomaron la medida de los conductos auditivos con la boca un poco abierta. En consecuencia, el audífono era un poco, pero sólo un poco, más ancho de lo habitual. Si la paciente juntaba los dientes, el audífono hacía una ligera presión en el conducto auditivo, Lo justo para que se encontrara más cómoda si no juntaba demasiado a menudo los dientes. Sólo espero que lo primero que oyera la paciente con su nuevo audífono no fuera: ¡relaje la boca, señora!

    Como el descubrimiento de la penicilina, (vale, ya sé que no hay comparación) el azar fue un factor determinante. Pero tiene un sentido biológico y mecánico muy claro. El bruxismo tiene múltiples causas, aunque el efecto final siempre es un apretamiento dental excesivo y prolongado, pero, sobre todo, inadvertido para el paciente. Si logramos que el paciente sea, aunque subliminalmente, consciente de que está apretando, porque al apretar va a notar una leve presión en el conducto auditivo, va a preferir tener los dientes mínimamente separados, sin ni siquiera tener que pensar en relajar la mandíbula.

    A partir del descubrimiento inicial, se ha establecido cuál es la apertura bucal óptima para que el dispositivo que se fabrique sea lo bastante grueso como para que haga una ligera presión al cerrar los dientes, pero lo bastante estrecho como para que pueda ser llevado durante el día y durante la noche. El aparato, sobra decir, es hueco. No queremos dejar sordo al paciente (alguno dirá: para lo que hay que oír….).

    La ventaja fundamental de este nuevo tratamiento es que puede ser utilizado durante el día y durante la noche, dependiendo del tipo de bruxismo que presente el paciente. El aparato no se ve, el paciente en su día a día no lo nota.

    La férula de descarga es el tratamiento más habitual para el paciente bruxista con dolor craneofacial. Es un tratamiento usado desde hace años, y que ha demostrado su eficacia. Por desgracia, hay pacientes que no toleran las férulas de descarga, o que escupen la férula durante la noche. O pacientes tan bruxistas que siguen apretando a pesar de la férula. O pacientes que sienten que ponerse un aparato en la boca por las noches les hace parecer unos viejos. Para todos ellos, estos dispositivos pueden ser una excelente opción de tratamiento.

  • La apnea del sueño es una enfermedad real. Y grave

    Dr. Javier Arias Gallo

    La apnea del sueñoLa apnea del sueño

    En los últimos años han surgido numerosas enfermedades nuevas: intolerancias a alimentos que en el pasado se han considerado la base de la alimentacion humana, efectos adversos a radiaciones electromagnéticas, desórdenes de la conducta infantil de proporciones epidémicas... incluso al calor de la aparición y popularización de la consola de juegos Wii se acuñó el término de wiitis para ciertas lesiones en el codo producidas por los movimientos del mando.

    En algunos casos, estas nuevas enfermedades son el producto de un conocimiento más exacto de los mecanismos de funcionamiento del cuerpo humano. En otros casos, son el resultado de una visión algo miope sobre la variabilidad de las personas. Y en otros casos simplemente son la invención interesada para convertir en enfermos comportamientos, respuestas fisiológicas o variaciones anatómicas que en sí mismas no constituyen una enfermedad.

    El síndrome de apnea hipopnea del sueño es una situación clínica caracterizada por episodios intermitentes de falta de respiración durante el sueño, que a su vez provocan reducción de la cantidad de oxígeno en la sangre, lo que a su vez ocasiona microdespertares para resolver cada uno de los episodios de falta de respiración. Las causas de este síndrome son variadas, incluidas las alteraciones cerebrales que reducen el impulso respiratorio. Pero la causa más frecuente es sin duda la obstrucción de la vía aérea. La apnea del sueño, sin embargo, no es ninguna enfermedad nueva. No es un invento del lobby médico en busca de nuevas formas de ganarse la vida. Una de sus primeras denominaciones fue el síndrome de Pickwick, aludiendo a uno de los personajes ("Joe el gordo") de la novela de Charles Dickens "Los papeles del club Pickwick". Es una condición que provoca alteraciones físicas muy importantes, como obesidad, hipoactividad, hipertensión arterial, estados de hipercoagulabilidad de la sangre, somnolencia diurna, etc, y que se traducen en muertes prematuras (por accidentes laborales y de tráfico, por infartos de miocardio, por accidentes cerebrovasculares) y en reducciones muy importantes de la calidad de vida, no sólo de los pacientes sino de las parejas de los pacientes, que tienen la desgracia de compartir habitación con ellos.

    Las parejas sufren también porque la apnea del sueño es una enfermedad que tiene un síntoma muy frecuente, que en muchas personas no indica enfermedad, pero que en sí mismo es bastante molesto: el ronquido. Y este síntoma, a la vez, quizá por ser tan frecuente en la población general, ha hecho que el síndrome de apnea hipnopnea del sueño no sea a veces considerado una enfermedad seria, una enfermedad de verdad. Y de ahí a considerarlo una enfermedad imaginaria (imaginada por los médicos, y sin duda por los acompañantes en vela de nuestros pacientes) hay un paso. Muchos de nuestros pacientes han pasado ya por el médico de cabecera, por el otrorrino, por el neurólogo, por el neumólogo, y están concienciados de que algo malo les ocurre. Algunos vienen forzados por sus parejas. La mayoría, estoy seguro, no vienen al médico. No saben que tienen una enfermedad tratable. Simplemente acumulan noche tras noche de sueño no reparador, acumulan cansancio habitual como si fuera parte de ellos mismos, acumulan un sutil embotamiento del que no son conscientes. Y si alguien (¡a veces el vecino de arriba!) les dice que roncan mucho, puede que esa información pase sin modificar de uno a otro pabellón auditivo, o como mucho, provoque que no vuelvan a dirigir la palabra al portador de las noticias.....

    Muchos pacientes no llegan a acudir a tiempo a la consulta. De esos pacientes sólo tenemos noticia por las muertes súbitas, los accidentes de tráfico, los infartos de miocardio o los infartos cerebrales. Otros no morirán por esta enfermedad, pero sus acompañantes nocturnos también la sufrirán. Sin embargo, los pacientes que acuden a la consulta médica, que se tratan la enfermedad, y que se curan, de repente entran en un mundo nuevo: un mundo en el que pueden estar atentos, en el que no tienen que tomar siete cafés diarios para mantenerse despiertos, en el que la siesta de dos horas no es un requisito para pasar la tarde, en que están más activos y pueden plantearse perder peso.

    ¿Cómo se trata la apnea del sueño? De muchas maneras. Lo más importante: tiene tratamiento; el tratamiento es eficaz. Los pacientes vuelven a una vida normal.

  • ¿Somos médicos o proveedores de servicios de salud? La respuesta, en la tienda de mueble juvenil.

    Dr. Javier Arias Gallo

    El otro día fuimos toda la familia a comprar muebles de dormitorio para mi hijo mayor. Dieciséis años tiene la criatura.

    No parece un inicio muy prometedor para un blog de medicina. Pero si logro que la emoción vaya in crescendo, quizá pueda corregir la previsible trayectoria de este texto hacia la papelera de reciclaje de mi ordenador. O simplemente, puede ser que, empezando desde tan abajo, todo lo que escriba sea para mejorar y el post acabe en un clímax "ostentóreo". El único modo que tiene usted de saberlo, amable lector, es seguir leyendo.

    Seré breve. Un par de empujones con el pulgar a la pantalla, lo prometo.

    Proveedores servicios saludProveedores servicios salud

    Íbamos a comprar muebles de dormitorio. Nada excepcional. Después de hacer algo de trabajo internáutico fuimos a una tienda de mediano tamaño. Día de poco trasiego. Un vendedor (el dueño, finalmente) para nosotros solos. Qué más se podía pedir.

    El vendedor, fantástico. Calibraba qué podía decir y cómo, con agudeza y soltura. Tenía una anécdota para cada situación. Estaba seguro de sí mismo y de su mercancía. En cuanto nos vio, nos caló. Como buen vendedor, nos condujo a uno de los diseños de dormitorio de precio medio. Para nosotros sería, según él, lo ideal. Según él, lo que más se vendía. El fabricante era muy de fiar, con años de experiencia, calidad en los acabados, rapidez en la entrega... Cuando estábamos en el paso final eligiendo los colores, de repente le vi una pega al diseño: la cama era demasiado alta, y con mi hijo ya hecho un roble, en cuanto se moviera un poco la estructura iba a cimbrear y a hacer ruido. La madera es lo que tiene, que cruje cuando hay mucho movimiento.

    En fin, llego casi al final: el vendedor, después de un amago de salir del paso algo confuso, en el que dijo que el ruido sólo se notaría en un ambiente silencioso (debía pensar que mi hijo dormía en la trastienda de un almacén de panderetas), se dio por vencido y, en segundos, nos ofreció otro dormitorio, de otro fabricante también muy de fiar, con años de experiencia, calidad en los acabados y rapidez en la entrega.

    Para terminar: salimos de la tienda habiendo encargado el dormitorio "silencioso", tan contentos. Supongo que el vendedor, también.

    Y ahora viene la moraleja médica. Nosotros asomamos la cabeza por la puerta del establecimiento. El objetivo era vendernos algo. Objetivo cumplido. Nada que objetar. Las dos partes satisfechas, por el momento a la espera de recibir la mercancía. El vendedor era el "proveedor" del producto. Yo, el "usuario o cliente". Desde hace años en ciertos ambientes médicos se utiliza la jerga de "proveedor de servicios sanitarios". El paciente se convierte en un cliente. Y un cliente es alguien a quien se le vende algo.

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    Yo tengo una perspectiva que cubre más de 20 años de ejercicio de la profesión médica, tanto en la sanidad pública como en la sanidad privada, en medicina y cirugía "de enfermedades" y en medicina y cirugía "estética". Esta perspectiva me dice que, tanto mis compañeros más cercanos como yo mismo, y lamentando contradecir a los gestores y a los prestidigitadores de las palabras, nunca hemos visto clientes. Siempre he visto pacientes. Personas que buscan una curación para su enfermedad, una mejoría de sus síntomas, un consuelo cuando no hay cura, una manera de mejorar las cartas con las que la vida les hace jugar o simplemente una forma de pedir "¡Mus!" (ojo, estoy en plan poético para referirme a los pacientes que piden cirugía estética... cielos, ¿es que uno tiene que explicarlo todo?). Intento en lo que está en mi mano diagnosticarles, tratarles, paliarles, enbellecerles las facciones que no les gustan. Desde el momento en que entran en mi consulta, soy su médico y ellos mis pacientes. Nunca he visto un cliente. Espero seguir así muchos años más. Cuando vea al primer cliente creo que me voy a jubilar. O... ¡pondré una tienda de mueble juvenil!

  • Un maxilofacial de pintor de brocha gorda

    Dr. Javier Arias Gallo

    Un maxilofacial de pintorUn maxilofacial de pintor

    Objetivo: pintar entre los dos la habitación de mi hijo mayor. En dos tardes está hecho, me digo. En agosto sólo trabajo en el hospital por la mañana; entro en internet; bendito wikihow; esto está chupado.

    Primera tarde: comprar material, mucho material. Unos pocos euros menos que lo que me habría costado contratar a un pintor, de todos modos.

    Segunda tarde, sacar todos los muebles de la habitación. Spray de agua hirviendo con la vaporeta sobre el papel pintado. Quitar el radiador. Quitar el papel. Se desconcha la pared en algunos puntos. Luego en muchos. Lento e incómodo. Hace un poco de calor. Lo dejamos.

    Tercera tarde. Emplastecer los desconchones. Gastamos la mitad por metro cuadrado de lo que dicen las instrucciones. Dejar secar. Esta tarde ha hecho algo más de calor.

    Cuarta tarde. Cubrir el suelo con papel y las esquinas con cinta de carrocero. Imprimar la pared. Gastamos el doble por metro cuadrado de lo que dicen las instrucciones. Cierto que una parte está esparcido por el suelo, lo que podría explicar el derroche, pero sospecho seriamente del rodillo, mientras también miro a mi hijo de reojo. Dejar secar. Según las instrucciones había que trabajar con mascarilla, gafas de seguridad y guantes. A la media hora el sudor formaba un charco dentro de las gafas y un vaho que no me podía quitar porque tenía puestos los guantes. Ligero mareo. Algo ayudó quitarme la mascarilla.

    Quinta tarde. Vista la experiencia con el imprimador, compro un segundo bote de pintura ¡fuera miserias! que se suma al que ya tenía. Me la juego, trabajo ya sin guantes, porque necesito airear las gafas de vez en cuando. Lijar la pared. Sale muchísimo polvo no sé de donde, porque lisa lo que se dice lisa la pared no queda. Aspiradora. Primera mano de pintura: mi hijo con la brocha para las esquinas y yo con el rodillo para el resto, no tenemos un criterio uniforme respecto al grosor de la capa de pintura. La pintura queda tan uniforme como nuestro criterio. De todos modos no se nota mucho con las gafas bañadas en sudor.

    Sexta tarde. Sin las gafas de protección ver las paredes da un poco de grima. Me las pongo, pero me quito la camiseta. Si no, me va a dar una lipotimia subido a la escalera. Vamos con la segunda capa de pintura. Mejor lo hago yo sólo, brocha y rodillo, a ver si queda algo más igualado. No me quito las gafas para no comprobarlo. Ha saltado el imprimador en algunas partes, y deja unos grumos imposibles de quitar a estas alturas. Se acabó. Quito la cinta de carrocero y el papel del suelo. Dejar secar. Limpiar rodillo, brocha, cubo, pecho, brazos, llave inglesa, espátula, destornillador que no sé qué hacía por allí, gafas.

    Séptima tarde. Y última. Vuelvo a poner el radiador. Metemos los muebles en la habitación. Me voy a la tienda a devolver el segundo bote de pintura, que no usamos. De paso compro una lámpara nueva que espero dará una luz sin sombras, que a estas alturas ya sé que son el enemigo del pintor amateur.

    Calificación global de la experiencia: 6/10. Calificación de la pared: 2/10.

    Toda historia que se precie, y esta no va a ser menos, debe acabar con una bonita moraleja. En mi caso, ésta llegó poco a poco, entre emplastecidos y brochazos medio a ciegas. La pintura no es mi profesión. Pero en cierto y perverso modo, resulta divertido. Hacer cosas con las manos me gusta, y mucho más si puedo hacerlo con mi hijo. Podría haber llamado a un profesional, que por un precio módico, tardando tres veces menos, habría hecho un trabajo impecable, sin desconchones ni goterones finales. Pero, como saben todos los que habitan una casa, a los pocos días los goterones ni se notan. Ni siquiera el ocasional brochazo amarillo en el techo blanco tiene importancia. Nadie mira las paredes de su casa como miraría los cuadros de un museo.

    Un maxilofacial de pintorUn maxilofacial de pintor

    En la cirugía maxilofacial hay tantas subespecialidades que uno no puede saber todo de todo. Además, compartimos área anatómica con otros profesionales diferentes. Hace ya veinte años, cuando comencé mi práctica privada, también yo hice cosas que no llevaron a nada: raspajes periodontales, cirugía periodontal a colgajo…. Incluso alguna endodoncia. Para alguien ya habituado por formación a la gran cirugía maxilofacial, la pequeña cirugía no debería ser difícil. Pues lo era. Veinte años después, trabajo en lo que me gusta, tengo una base quirúrgica amplia de veinticinco años si cuento la residencia en el hospital público, y además he practicado variadas y numerosas intervenciones quirúrgicas literalmente cientos de veces. Pero ya no quiero hacer "cirugía ocasional" si sé que algún compañero maxilofacial, o algún colega de otra especialidad lo hace mejor que yo. No voy a pasar por todo el periplo para que luego el resultado sea goterones y desconchones. Yo lo tengo fácil: trabajo con otros cuatro cirujanos maxilofaciales, con dentistas de diferentes especialidades, y en un hospital con especialistas afines en los que confío. Prefiero no tener goterones de pintura en mi conciencia. Creo que a estas alturas, se me entiende.

    Pero no nos vamos a engañar. Vivimos en un mundo muy competitivo. Competimos con otros médicos de la misma especialidad, con especialistas diferentes, y ahora también con dentistas que practican algunos procedimientos quirúrgicos. Quiero pensar que ni mis colegas ni yo no queremos hacer pasar a nuestros pacientes por la fase de desconchones y goterones. Que si tenemos un paciente con una patología con la que no nos sentimos cómodos, vamos a derivarlo a un compañero que sabemos que lo hará mejor. Pero a veces la tentación, económica, de prestigio, de curiosidad, o la simple inconsciencia desencadenan los problemas. Los goterones. Los desconchones. Los malos resultados. Y la cara se mira. Siempre se mira. Mucho más que un Botichelli en El Prado.

    A los pacientes siempre se les ha encomendado dos tareas después de una intervención: seguir las indicaciones del médico y "tener buena encarnadura". Ahora tienen otra para antes de la intervención: discernir si su médico o dentista es un profesional prudente, o uno que cae en la tentación. O que se lanza a ella. No hay solución fácil. Seamos sinceros: todos todos todos (incluso yo) nos creemos profesionales intachables. Ni bajo tortura reconoceríamos lo contrario…. Bueno, si me hacen pintar toda la casa, yo a lo mejor confieso.

  • ¡Que viene la revolución de los implantes!

    Dr. Javier Arias.

    Dr. Manuel Chamorro.

    No sé ustedes, pero yo estoy ya hartito de las noticias sobre la siguiente revolución en tal y cual campo. No sé si en otras disciplinas hay una revolución diaria, pero en medicina, si hay que creer a los medios de comunicación, cada día, no es que haya avances que poco a poco mejoren la salud de las personas. No, es que parece que cada día hay una revolución copernicana en nuestro entendimiento del ser humano. Lo que pasa es que la mayoría de los grandes avances que suponen un giro de 360º en el saber y el hacer médico, se quedan en eso, en giros completos, después de los cuales, como observará el lector con conocimientos básicos de geometría, el sentido sigue siendo el mismo.

    Y después de esta introducción, seguro que no adivinan de lo que les voy a hablar: ¡de una revolución en la rehabilitación dental en pacientes con gran pérdida ósea!

    Hace falta tener cara dura para juntar estos dos párrafos, dirá alguno. De hormigón, dirá otro. El más agudo dirá: ¡de titanio!

    Bueno, quizá una revolución no sea. La revolución de los implantes dentales comenzó ni más ni menos que en 1952, cuando se descubrió que los tornillos de titanio tenían la curiosa característica (no compartida con otros metales, como el acero) de fijarse al hueso de una forma tan íntima que era imposible desatornillarlos sin romper el propio tornillo en el intento. Esa fijación tan estrecha se llamó oseointegración, aunque actualmente se prefiere el término osteointegración (créanlo o no, pero se han escrito, si no ríos, al menos arroyuelos de tinta sobre el nombre de este fenómeno biológico. Sí, hay gente con mucho tiempo libre).

    Pero, como en toda revolución, hay personas que se ven muy beneficiadas, y otras que se ven menos beneficiadas. Tras la revolución de los implantes los más beneficiados han sido los pacientes que tenían más cantidad de hueso en el que fijar los tornillos de titanio. Los pacientes con menos hueso en los maxilares tienen que pasar por procedimientos de injertos óseos, o por técnicas como los implantes cigomáticos, más complejas y con resultados algo menos predecibles y que en muchos casos aumentan considerablemente el tiempo de tratamiento.

    El éxito de los implantes dentales tipo "tornillo" ha sido tal, que durante años ha "obstaculizado" el desarrollo de otra técnica, que se utilizó con escaso entusiasmo durante los años 70 y 80: los implantes dentales "subperiósticos". A ver, esto amerita (me encanta esta palabra) una explicación: los implantes dentales que todos conocemos son implantes "endoóseos", porque se atornillan al propio hueso. La superficie de los huesos está cubierta por un robusto tejido fibroso que (oh, sorpresa) se llama "periostio". Los implantes subperiósticos eran unas estructuras de acero o titanio que se apoyaban en el hueso, por debajo del periostio, y de las que salían unos pequeños postes que atravesaban la encía, para allí anclar unas prótesis dentales fijas. Como la estructura estaba sobre el hueso (¡pero no se atornillaba!) era irrelevante si el paciente tenía mucho o poco espesor de hueso.

    La idea, la verdad, no era mala. Pero era muy complicado ponerla en práctica. Claro, esas estructuras metálicas estaban hechas a medida: había que abrir la encía, tomar una impresión del reborde de hueso, y…. volver a cerrar la encía!! O sea, ¡había que operar el paciente sólo para tomarle medidas! Y unas semanas después abrirla de nuevo para poner la estructura recién fabricada. Y a ver si con suerte aquello encajaba en el hueso… Incluso en aquella época de coches sin aire acondicionado y teles sin mando a distancia, era difícil convencer a nadie de pasar por semejante tratamiento. Para ahorrar detalles, como tantas ideas "que no eran malas", se arrinconó a la espera de tiempos mejores. La idea no es que "no fuera mala", es que era buenísima.

    Esos tiempos mejores ya han llegado: la tecnología de impresión 3D unida a las imágenes radiológicas de gran calidad, también en 3D, nos permite diseñar las prótesis subperiósticas específicamente para cada paciente. Y ahí está la "revolución": no para los pacientes con hueso abundante, en los que se pueden seguir utilizando con facilidad, seguridad y fiabilidad los implantes atornillados estándar. Cuando hay suficiente hueso en la zona requerida, la colocación de implantes es un procedimiento sencillo, con menos molestias postoperatorias que una extracción dental y con un éxito a largo plazo que está más cerca del 100% que del 90%.

    Implantes subperiósticosImplantes subperiósticos

    Figura 1. El implante se diseña y elabora de un modo completamente computerizado, a partir de las imágenes de TC que tenemos del paciente

    Implantes subperiósticosImplantes subperiósticos

    Figura 2. Se puede anticipar con extraordinaria precisión ya en esta fase cómo será la prótesis final en la boca del paciente

    Los pacientes que se van a beneficiar de esta revolución son los que menos aprovecharon la revolución previa. Esta vez van a poder coger el tren. Son los pacientes que no tienen hueso suficiente. O, para no andarnos con rodeos: los pacientes que no tienen prácticamente nada de hueso en los maxilares. No se pueden poner implantes "sencillos". Hay que utilizar técnicas complejas, más molestas para el paciente y con más posibilidad de complicaciones a corto y largo plazo. Y es en estos pacientes donde el 3D está ayudando de una forma decisiva. Los implantes subperiósticos modernos facilitan de tal manera la rehabilitación de los pacientes, que el tiempo que tarda el paciente en tener su prótesis fija puede ser menor que en pacientes con abundante hueso a los que se les colocan implantes atornillados.

    El proceso para el paciente es sencillo: Una toma de medidas estándar, un TC de los maxilares, una intervención quirúrgica (es muy recomendable al menos la sedación en estos casos), esperar 1-2 meses, y poner la prótesis fija definitiva. En total, unos tres meses. Eso, contando el tiempo que se tarda en diseñar y fabricar la prótesis.

    Para hacernos una idea de la mejora que esto supone, hace tan solo 3 o 4 años, el mismo paciente probablemente habría requerido dos, tres o cuatro intervenciones quirúrgicas espaciadas a lo largo de más de un año para poder tener, con un poco de suerte, una prótesis, que quizá fuera fija, o quizá fuera removible.

    Pero, claro, dejamos para el final la letra pequeña… el tema económico. Cualquiera puede comprender que, teniendo en cuenta que el diseño y la fabricación es totalmente personalizado, el precio del tratamiento sea mucho más caro. Por algo cada vez hay menos sastres y artesanos. Es más barato producir en masa. Ahora bien, si luego la chaqueta tira de la sisa, si el zapato roza en el empeine o si el cuello de la camisa abrochada te medioahorca, las reclamaciones al maestro armero. Pues no, en los implantes subperiósticos el coste para el paciente no es que sea mayor que con las técnicas tradicionales. No es que sea parecido, no. El coste para el paciente es menor. Lo voy a repetir por si no ha quedado claro: para un paciente que tenga poco hueso en los maxilares, el coste económico de ponerse una prótesis fija es menor si ponemos implantes subperiósticos (y además el tiempo de tratamiento se reduce) que si hacemos el tratamiento tradicional de injertos, regeneración ósea e implantes atornillados. Más barato. Más barato. Así, como suena.

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Sobre este blog

Las enfermedades de la cara y al cuello son extraordinariamente importantes por afectar a zonas del cuerpo críticas en el día a día de todo ser humano. Comer, masticar, respirar sin dificultad, dormir y descansar, e incluso sonreír son actividades que damos por supuestas pero que pueden verse afectadas gravemente tras traumatismos, tumores, infecciones o por enfermedades congénitas. El cirujano maxilofacial es el especialista central en estas enfermedades. Tanto el punto de vista médico, como el quirúrgico, como la repercusión social y personal de la patología de la cabeza y cuello son importantes para atender y cuidar apropiadamente a nuestros pacientes. Sin olvidar, claro está, a los odontoestomatólogos, periodoncistas, ortodoncistas y odontopediatras con los que trabajamos en estas tareas. En este blog describimos situaciones clínicas, informamos sobre tratamientos, y reflexionamos sobre lo que significa ser médico y cirujano maxilofacial en estos tiempos de cambio y avance continuo. Todo el equipo del Servicio de Cirugía Maxilofacial estaremos encantados de atenderte.

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