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Blog del Sº de Cirugía Oral y Maxilofacial & Unidad de Odontología y Periodoncia Hospitalaria. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo

  • Qué esperar tras una cirugía de rinoplastia

    Dr. Javier Arias Gallo

    RinoplastiaRinoplastia

    Después de una intervención quirúrgica es importante dar al paciente instrucciones sobre qué hacer y qué no hacer, para que el postoperatorio sea lo más liviano posible. Por mi parte, y esto lo digo como autocrítica, aunque le doy mucha importancia a las instrucciones, puede que se me quede en el tintero (cielos, que expresión más anticuada, aunque siempre se puede considerar que el tintero es el bote de tinta de la impresora), digo que se me queda a veces en el tintero contar al paciente qué puede esperar después de la intervención. Qué es normal, qué no lo es, y ante qué signos tiene que consultar con nosotros anticipadamente. Por cierto, que despachar al paciente con un "ante cualquier incidencia en el curso clínico, acuda a la consulta" como última frase del informe de alta, es poco informativo. Es, digamos, bastante perogrullesco.

    Así que, sin más dilación, vamos a empezar. El paciente ha sido intervenido de una rinoplastia. La rinoplastia lleva a cabo generalmente en régimen de hospital de día. Cuando se combina con el tratamiento del tabique nasal y los cornetes, que alargan el tiempo quirúrgico, muchas veces preferimos que el paciente pase la primera noche en el hospital, aunque no es estrictamente imprescindible.De un modo u otro, el paciente es dado de alta. Los requisitos para ello son ausencia de sangrado activo, buen estado general, tensión arterial dentro de la normalidad, que el paciente haya probado líquidos y no los haya vomitado, y que haya orinado sin problemas. Todo eso es tarea del equipo médico y de enfermería, así que no especificaremos más.

    El paciente sale por la puerta del hospital con una escayola en la nariz y con una gasa sobre el labio superior. La llamamos bigotera porque se pone sobre el labio superior, haciendo de bigote. Sirve para limitar la inflamación del labio superior y para recoger la sangre que pudiera salir, en escasa cantidad, en todo caso, por los orificios nasales. Raramente pongo taponamiento nasal, así que mis pacientes se ahorran esta enorme incomodidad, que realmente solía ser lo peor del postoperatorio de la cirugía nasal en el pasado.

    Es muy recomendable que el paciente se vaya a su casa acompañado por un familiar o por un amigo. Sobre todo, por el apoyo moral que la compañía brinda en esos momentos. Una vez que el paciente sale de la habitación, el trayecto hasta su casa debe hacerse en coche particular o en un taxi. Ahí el amigo o familiar juega un papel fundamental (no para pagar el taxi, me refiero para conducir el coche). No recomendamos en ese momento grandes caminatas ni uso de transporte público, por el ajetreo inherente a esos medios de transporte, y porque puede haber un pequeño sangrado (más sobre eso luego), cosa que no es muy recomendable exhibir en presencia de desconocidos (gente por lo general quisquillosa y poco comprensiva con ese tipo de cosas, sobre todo cuando implican a su propia camisa). Cuando el paciente sale de alta los párpados no suelen estar hinchados (más sobre eso luego también), pero algún paciente ocasional raramente puede parecer ya un émulo de Rocky Balboa en plena faena (Jesús, qué mayor soy; como dicen los memes, a quien entienda esta referencia le vacunan antes del verano…). En fin, no vamos a abundar más en el tema del trayecto, que no da para más.

    En los primeros dos días del postoperatorio se va a producir la máxima inflamación. O sea, la inflamación, poca o mucha, suele llegar a su máximo a las 48 horas. A partir de entonces, irá en descenso. La inflamación y su amigo el hematoma. Bueno, realmente suele ser una equimosis, pero comúnmente la llamamos hematoma porque equimosis, aunque es un término más exacto, es también más técnico y en general, incomprensible. Es como llamar pierna a toda la extremidad inferior: la pierna, médicamente, es lo que queda debajo de la rodilla. Pero no nos vamos a poner estupendos y también lo llamamos moratón sin que se nos caigan los anillos.

    Inflamación y hematoma, como digo, tienen una intensidad variable. El refinamiento de la cirugía, el uso de bisturí piezoeléctrico (ultrasónico) para cortar los huesos y la eliminación de los taponamientos nasales son algunos de los factores que reducen la inflamación en el postoperatorio. En todo caso, algo de inflamación va a haber. Para minimizarla, el paciente debe estar en "reposo relativo". O sea, tranquilo, sin hacer esfuerzos ni agacharse. El postoperatorio con su cese de actividad inherente no debe ser motivo para ensayar esos cambios de disposición de mobiliario que tanto hemos deseado y nunca llevado a cabo por falta de tiempo. Ni es el momento de investigar el (por otro lado, apasionante) mundo que se esconde debajo de aquel sofá bajo el que raramente barremos. Lo mejor para minimizar la inflamación es dedicar las primeras 48 horas a ponerse hielo en los párpados y en el labio superior. A ratitos, claro. Tras la cirugía es normal tener más sueño del habitual. Las siestas están permitidas, pero con la cabeza más elevada que el corazón. Esto se consigue a base de almohadones, generalmente. Hay que dormir como en las películas, o por lo menos como en algunas películas. Esas en las que la protagonista se levanta sin un pelo fuera de su sitio. Seguro que saben a qué me refiero. Siestas y sueño nocturno, con la cabeza levantada. Es de especial ayuda, para evitar apoyar la nariz en la almohada, añadir una almohada de viaje, de las que rodea el cuello. Permite pequeños giros de la cabeza, pero no ponerse boca abajo.

    Aún así, algo de inflamación va a haber. En los párpados, en la frente y en el labio superior, sobre todo. A veces con algo de moratón en la piel, que puede llegar al borde rojo del labio superior, o a la mucosa interior del labio. Con los días, el moratón suele migrar hacia abajo, hacia el borde inferior de la mandíbula… incluso un poco al cuello. Es normal, que no cunda el pánico. Cada vez es más frecuente que el paciente nos cuente que no se ha inflamado nada de nada. Pero no pasa nada si se inflama. Incluso si le cuesta un poquito abrir los párpados.

    El sangrado nasal es poco frecuente. Si hay mucha cirugía de cornetes puede haber algo más. En general, poca cosa. La bigotera, que recoge la sangre de los orificios nasales, puede quitarse si sigue limpia al llegar a casa desde el hospital. En todo caso, si se acumula algo de sangre en los senos paranasales, a veces cambios en la posición de la cabeza hacen que la sangre acumulada salga, por los orificios nasales, o hacia la garganta. Suele ser sangre oscura, en escasa cantidad. Si hay algo de sangre con un rojo más vivo, puede merecer la pena comprimir el labio superior durante unos minutos (5-10-60…). El sangrado va a ceder sin hacer nada más. Es excepcional que una cirugía nasal normal provoque un sangrado que requiera acudir al médico.

    La congestión nasal es muy frecuente. Sobre todo, cuando operamos el tabique y los cornetes. Al empezar la cirugía solemos poner un espray (el autocorrector no me deja poner spray así como así) con medicación descongestionante, que dura unas horas. El paciente se despierta respirando mejor que nunca. En parte por la cirugía, y en parte por el espray. Conforme pasan las horas, el efecto del descongestionante desaparece y la inflamación del interior de la nariz aumenta. La sensación es la de estar acatarrado. Con menos olfato (cielos, que no cunda el pánico). Como las lágrimas terminan en la nariz, esa congestión también produce algo de lagrimeo por retención. Pasa en unos días. La sensación es peor por la noche, por estar tumbado. Puede cambiar de una fosa nasal a la otra, o ser de ambos lados a la vez. No hay que poner más descongestionante. No hay que sonarse la nariz tapando uno de los orificios nasales. Se puede lavar el interior de la nariz 5 ml de suero fisiológico (¡no con agua del grifo!), y espirar fuerte sobre el lavabo. Lo mejor es consolarse pensando que hace años se ponían taponamientos nasales y eso era peor. Mucho peor.

    Algún síntoma más, que a veces pasamos por alto, porque sabemos que es transitorio, es por ejemplo el acorchamiento de los dientes anteriores del maxilar superior. Es más frecuente cuando operamos el tabique nasal. Puede doler algo la cabeza, puede doler un poco todo el cuerpo, puede uno tener sensación de fiebre (y puede subir uno o dos grados la temperatura). Todo eso es normal.

    He dejado para el final algo que puede ser obvio, y que por algún motivo es una cantinela muy repetida en la cirugía de la nariz: "es que duele mucho cuando te rompen los huesos". Lo cierto es que las molestias de la cirugía de la nariz son más en relación con la congestión nasal que con el dolor. Con analgésicos antiinflamatorios normales y corrientes el paciente pasa un postoperatorio muy aceptable. Se puede leer y concentrarse en la lectura, o estudiar sin merma en la capacidad de concentración. En todo caso, yo siempre recomiendo poner al ralentí el cerebro las primeras 48 horas.

    La primera revisión en la consulta suele ser a los 7-9 días, para retirar la escayola y los puntos. Para entonces la mayoría de los síntomas han desaparecido o al menos mejorado mucho.

    En resumen, tras la cirugía de la nariz hay inflamación alrededor de la nariz que aumenta durante los primeros dos días. Puede caer algo de sangre por los orificios nasales o por la garganta. La congestión nasal también es muy frecuente, con lagrimeo incorporado. Duele poco. A la semana quitamos los puntos y la escayola. Al menos se me tendrá que reconocer el mérito de decir lo mismo en cuatro líneas finales y en todo un post de más de 1600 palabras.

  • Requiem por unas gafas (una oda al consumismo).

    Dr. Javier Arias Gallo

    Gafas lupaGafas lupa

    Corría el año 1997 cuando me compré mis gafas lupa. Digo que corría, pero por entonces los años andaban. Correr, lo que se dice correr, los años corren más ahora que soy más mayorcito. A lo mejor el que corría entonces era yo. Pero esa es otra historia. Digo que me compré mis gafas lupa en 1997. Eran unas gafas (pásmese) que llevaban acopladas unas lupas, y de ahí su nombre. Tenían 3 aumentos, de modo que a través de las gafas veía las cosas más grandes, tres veces más. Tengo que aclarar que soy un miope moderado, que según mi optometrista tengo una visión normal una vez me pongo mis gafas de lejos, y que, como buen miope, veo muy bien de cerca.

    Hace 23 años no era tan frecuente como ahora que los cirujanos maxilofaciales usáramos gafas lupa. De hecho, en mi servicio en el hospital yo fui el primero que las usó de modo habitual (iba a poner "regularmente", pero no quería poner el chiste demasiado fácil). Al principio algunos mayores me decían que me iba a acostumbrar a operar con magnificación, y que luego no iba a saber hacerlo sin las gafas. Que iban a ser como una droga de las chungas, digamos. Enseguida terminé la residencia y ya era mucho más independiente, así que dejaron de decírmelo. Me alegro mucho de haberme comprado esas gafas. De lo que más me alegro es de que después de mí, muchos médicos más jóvenes de mi servicio también se compraron gafas lupa. Es una alegría digamos intelectual, porque nunca cobré comisión por el proselitismo. También me alegro de esa decisión de compra porque creo firmemente que el uso de gafas lupa mejora la calidad de la cirugía.

    Mis gafas eran "de flip". Las lupas estaban atornilladas en un pequeño soporte giratorio que se acoplaba al puente de las gafas, de modo que podían subir cuando no se necesitaba la magnificación. También tenían un tornillito lateral para ajustar la distancia entre las lupas a la distancia interpupilar.

    A ver, las gafas lupa dan unos beneficios, y tienen algunos inconvenientes. Con ellas se consigue un campo magnificado de unos 5 cm de diámetro, pero a costa de perder la visión general del campo operatorio. Sí es verdad que se puede mirar por el rabillo del ojo (el idioma español es maravilloso) cuando quieres tener una visión de conjunto de la cirugía. En todo caso, cuanto más grande es el campo operatorio, más fácil es perder la visión del bosque por ver un árbol individual. En unas cirugías es más importante el bosque, en otras uno o dos árboles, y algunas cirugías consisten sólo en tratar un arbolito escuchimizadito el pobre. Por eso no siempre me pongo las gafas lupa para operar. Además, están los inconvenientes ya meramente técnicos. Las gafas lupa que me compré pesaban un poquito, unos gramitos de nada, gramitos de nada que van directos al puente nasal y a las orejas, y que después de unas horas de uso dejan esas zonas como si se hubiera subido un hipopótamo, pero de los pequeñitos. Pero uno se acostumbra a todo, y a base de probar distintos métodos artesanales más o menos se hacía soportable llevarlas. Otro detalle algo incómodo era que debía flexionar el cuello más de lo que se hace cuando se opera sin gafas lupa. Cosas de las gafas de flip, que tienen un ángulo de visión casi horizontal.

    Esas gafas lupa me han acompañado durante estos más de 20 años. Han venido conmigo al hospital público y al privado, han ido al quirófano y a la zona de consultas externas, donde hacemos la pequeña cirugía oral. Han venido conmigo a los cursos de microcirugía y cirugía reconstructiva para residentes y especialistas jóvenes que llevamos haciendo mis compañeros y yo desde 2007. Incluso en casa me han venido bien para algún arreglo ocasional que requiriera mucho detalle. Mis gafas lupa y yo éramos inseparables.

    Este año decidí comprarme unas gafas lupa personalizadas. Lo decidí porque mis gafas ya tenían varios recauchutados: las siliconas del puente nasal se caían con cierta frecuencia y la bisagra de la patilla daba señales inequívocas de rotura inminente. Puede parecer un poco frívolo cambiar por ese motivo unas gafas lupa de 23 años de vida, pero en este mundo consumista en el que hacemos cola para comprar el último cacharro tecnológico solo porque es la versión moderna, el que esté libre de pecado que se atreva con el tirachinas. Así me sentía yo, frívolo y un poco culpable por no ir a la óptica a que me pusieran el tornillito de la patilla y tirar otros 23 años.

    Y cambié las gafas lupa. Mis gafas lupa queridas, de tantos años, que tanto me han ayudado. Me he hecho unas gafas lupa a medida, con las lupas encastradas en los cristales. Más ligeras. Con el ángulo de visión más favorable, para no tener que flexionar el cuello en exceso durante las cirugías. Con más aumento y con más campo visual. Mucho más caras.

    Desde el inicio de la pandemia operamos con dos mascarillas: una ffp2 por debajo, y una mascarilla quirúrgica por encima, para evitar manchas por salpicaduras. Encima, las gafas lupa. Le pongo un esparadrapo de papel en el borde superior de la ffp2 para que las gafas lupa no se empañen. Un "chou". Tiene que estar todo bien adaptado para no molestar. No tenía claro qué pasaría con las gafas lupa nuevas. ¿Merecerían la pena? ¿No habría sido mejor seguir con la cinta adhesiva en la patilla? (la cosa ya estaba así de lamentable en septiembre).

    La clave no estaba en ponerme las gafas. Mis gafas viejas no molestaban al ponerlas. Eran una gota malaya, y el daño se hacía patente sobre todo al quitarlas, como una piedra en el zapato de la que es uno consciente cuando se la quita.

    Así que estaba deseando terminar mi primera cirugía con las nuevas gafas. Descubrí que al terminar de operar no era necesario masajearme el puente nasal ni las orejas. Y que el cuello no me dolía. De hecho, descubrí que quitarme las gafas no reducía la pequeña incomodidad de la nariz por llevar las dos mascarillas. O sea, no las notaba.

    Pero sobre todo lo que descubrí que, siendo el apego por las cosas totalmente innecesario, por lo menos es también pasajero.

    Gafas lupa viejitas, a ti (o a vosotras, qué extraño ménage à trois) me dirijo: adiós, no te quiero volver a ver más. Tampoco te deseo el mal. No quiero que acabes en un vertedero, o reciclada en una chapa de cocacola y en arena del mar. Me gustaría que vivieras una nueva vida gracias wallapop, a ebay o a milanuncios. Haz compañía a otro cirujano, a un relojero o a un corto de vista (varón o mujer, ojo). Pero no le machaques mucho. Ojalá no le hagas heridas en la nariz después que te use durante diez horas seguidas, y que no provoques rigideces en el cuello a tu nuevo dueño. Ojalá tengáis él y tú mejor encaje que el que tuvimos tú y yo durante tantos años. Pero lo que más deseo es que no te vuelvas a cruzar en mi camino. Yo voy a hacer lo posible para no cruzarme en el tuyo. Tengo unas nuevas gafas. Me quedo con ellas (o con ella). ¿Quién sabe qué nos deparará el futuro? No sé si nos separaremos dentro de unos años, con despecho o con alivio, o si estaremos juntos incluso después de la jubilación. Lo que sí sé es que en el momento en que haya algo mejor, más cómodo, más útil, las cambiaré, y no lo sentiré. Hasta la vista, baby.

  • Otros efectos beneficiosos de las mascarillas

    Dr. Javier Arias Gallo

    Otros efectos beneficiosos de las mascarillasOtros efectos beneficiosos de las mascarillas

    Siempre odié la primavera. El tiempo de renacimiento de la vida después del letargo invernal, de alfombras verdes en los campos, de flores multicolores, de insectos revoloteando. Y de alergia. Mucha alergia. Mocos, obstrucción nasal, estornudos, lagrimeo. Por algún motivo ignoto se le llamaba "la fiebre del heno", lo que era bastante desconcertante, porque no daba fiebre. Cuando yo era niño, teníamos el polaramine, un medicamento antihistamínico que daba sueño, mucho sueño. Y los corticoides orales o inyectados, de último recurso. Y ya. Así que yo que oscilaba en esos meses entre dormirme en clase o estar estornudando sin parar (a veces, ambas cosas a la vez (?)). De adolescente salieron los primeros antihistamínicos que no producían sueño, pero su eficacia contra la alergia era algo menor. Ya de jovencito, las cosas mejoraron mucho: como estudiaba medicina, y la primavera era la época de los exámenes, no salía de casa excepto para ir a la facultad, y los síntomas eran más tolerables (el que no se consuela es porque no le pone voluntad).

    Una primavera hace unos 5 años, mi mujer, alérgica y médico también, harta de tanto estornudar, fue a la farmacia y se compró una mascarilla con un filtro potente. Era una FFP2, cuando entonces nadie sabía diferenciar una FFP2 de un USB-c. Durante unas cuantas primaveras fue con su mascarilla con actitud andeyocaliente…..Mientras yo, entre estornudo y estornudo, me burlaba (benévolamente, no soy un suicida) de su aspecto.

    Era un absurdo. Una exageración… pero su sintomatología alérgica desaparecía cuando se ponía la mascarilla. Desaparecía. Del todo.

    Esta primavera, por motivos obvios, yo me uní al club de las mascarillasy ya no odio la primavera. Es sin duda la mejor estación del año: qué explosión de vida, qué generosidad de la naturaleza, que belleza en cada rincón, que dinamismo en los ecosistemas….

    Y por qué cuento esta minianécdota: porque en estos tiempos tan duros que nos ha tocado vivir hay que buscar, entre todo lo malo, alguna cosa buena. Sin duda el neto es claramente negativo: en salud, en las relaciones entre las personas, en las relaciones entre las generaciones, en confianza de unos en los otros, en la situación económica, en las relaciones entre los países. Pero eso no nos impide aprovechar lo que para cada uno sea positivo. A algunos la mascarilla les permite poner la expresión facial que siempre quisieron tener delante de su jefe sin que éste se entere (muy recomendable y saludable); otros aprovechan estos meses para hacerse esa cirugía estética que habían aparcado por los hematomas e inflamaciones postoperatorias, que ahora se ocultan con facilidad; muchos se han arreglado (¡por fin!) las caries y se han hecho las extracciones e implantes dentales necesarios, sin temor a enseñar unos dientes feos en ningún momento. Sólo espero que nadie haya aprovechado para dejar de lavarse los dientes confiando en que la halitosis no sobrepasa las mascarillas… En mi familia hemos erradicado los síntomas alérgicos.

    Y usted, ¿qué cosa buena ha entresacado de esta situación?

  • ¿Somos médicos o proveedores de servicios de salud? La respuesta, en la tienda de mueble juvenil.

    Dr. Javier Arias Gallo

    El otro día fuimos toda la familia a comprar muebles de dormitorio para mi hijo mayor. Dieciséis años tiene la criatura.

    No parece un inicio muy prometedor para un blog de medicina. Pero si logro que la emoción vaya in crescendo, quizá pueda corregir la previsible trayectoria de este texto hacia la papelera de reciclaje de mi ordenador. O simplemente, puede ser que, empezando desde tan abajo, todo lo que escriba sea para mejorar y el post acabe en un clímax "ostentóreo". El único modo que tiene usted de saberlo, amable lector, es seguir leyendo.

    Seré breve. Un par de empujones con el pulgar a la pantalla, lo prometo.

    Proveedores servicios saludProveedores servicios salud

    Íbamos a comprar muebles de dormitorio. Nada excepcional. Después de hacer algo de trabajo internáutico fuimos a una tienda de mediano tamaño. Día de poco trasiego. Un vendedor (el dueño, finalmente) para nosotros solos. Qué más se podía pedir.

    El vendedor, fantástico. Calibraba qué podía decir y cómo, con agudeza y soltura. Tenía una anécdota para cada situación. Estaba seguro de sí mismo y de su mercancía. En cuanto nos vio, nos caló. Como buen vendedor, nos condujo a uno de los diseños de dormitorio de precio medio. Para nosotros sería, según él, lo ideal. Según él, lo que más se vendía. El fabricante era muy de fiar, con años de experiencia, calidad en los acabados, rapidez en la entrega... Cuando estábamos en el paso final eligiendo los colores, de repente le vi una pega al diseño: la cama era demasiado alta, y con mi hijo ya hecho un roble, en cuanto se moviera un poco la estructura iba a cimbrear y a hacer ruido. La madera es lo que tiene, que cruje cuando hay mucho movimiento.

    En fin, llego casi al final: el vendedor, después de un amago de salir del paso algo confuso, en el que dijo que el ruido sólo se notaría en un ambiente silencioso (debía pensar que mi hijo dormía en la trastienda de un almacén de panderetas), se dio por vencido y, en segundos, nos ofreció otro dormitorio, de otro fabricante también muy de fiar, con años de experiencia, calidad en los acabados y rapidez en la entrega.

    Para terminar: salimos de la tienda habiendo encargado el dormitorio "silencioso", tan contentos. Supongo que el vendedor, también.

    Y ahora viene la moraleja médica. Nosotros asomamos la cabeza por la puerta del establecimiento. El objetivo era vendernos algo. Objetivo cumplido. Nada que objetar. Las dos partes satisfechas, por el momento a la espera de recibir la mercancía. El vendedor era el "proveedor" del producto. Yo, el "usuario o cliente". Desde hace años en ciertos ambientes médicos se utiliza la jerga de "proveedor de servicios sanitarios". El paciente se convierte en un cliente. Y un cliente es alguien a quien se le vende algo.

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    Yo tengo una perspectiva que cubre más de 20 años de ejercicio de la profesión médica, tanto en la sanidad pública como en la sanidad privada, en medicina y cirugía "de enfermedades" y en medicina y cirugía "estética". Esta perspectiva me dice que, tanto mis compañeros más cercanos como yo mismo, y lamentando contradecir a los gestores y a los prestidigitadores de las palabras, nunca hemos visto clientes. Siempre he visto pacientes. Personas que buscan una curación para su enfermedad, una mejoría de sus síntomas, un consuelo cuando no hay cura, una manera de mejorar las cartas con las que la vida les hace jugar o simplemente una forma de pedir "¡Mus!" (ojo, estoy en plan poético para referirme a los pacientes que piden cirugía estética... cielos, ¿es que uno tiene que explicarlo todo?). Intento en lo que está en mi mano diagnosticarles, tratarles, paliarles, enbellecerles las facciones que no les gustan. Desde el momento en que entran en mi consulta, soy su médico y ellos mis pacientes. Nunca he visto un cliente. Espero seguir así muchos años más. Cuando vea al primer cliente creo que me voy a jubilar. O... ¡pondré una tienda de mueble juvenil!

  • Un maxilofacial de pintor de brocha gorda

    Dr. Javier Arias Gallo

    Un maxilofacial de pintorUn maxilofacial de pintor

    Objetivo: pintar entre los dos la habitación de mi hijo mayor. En dos tardes está hecho, me digo. En agosto sólo trabajo en el hospital por la mañana; entro en internet; bendito wikihow; esto está chupado.

    Primera tarde: comprar material, mucho material. Unos pocos euros menos que lo que me habría costado contratar a un pintor, de todos modos.

    Segunda tarde, sacar todos los muebles de la habitación. Spray de agua hirviendo con la vaporeta sobre el papel pintado. Quitar el radiador. Quitar el papel. Se desconcha la pared en algunos puntos. Luego en muchos. Lento e incómodo. Hace un poco de calor. Lo dejamos.

    Tercera tarde. Emplastecer los desconchones. Gastamos la mitad por metro cuadrado de lo que dicen las instrucciones. Dejar secar. Esta tarde ha hecho algo más de calor.

    Cuarta tarde. Cubrir el suelo con papel y las esquinas con cinta de carrocero. Imprimar la pared. Gastamos el doble por metro cuadrado de lo que dicen las instrucciones. Cierto que una parte está esparcido por el suelo, lo que podría explicar el derroche, pero sospecho seriamente del rodillo, mientras también miro a mi hijo de reojo. Dejar secar. Según las instrucciones había que trabajar con mascarilla, gafas de seguridad y guantes. A la media hora el sudor formaba un charco dentro de las gafas y un vaho que no me podía quitar porque tenía puestos los guantes. Ligero mareo. Algo ayudó quitarme la mascarilla.

    Quinta tarde. Vista la experiencia con el imprimador, compro un segundo bote de pintura ¡fuera miserias! que se suma al que ya tenía. Me la juego, trabajo ya sin guantes, porque necesito airear las gafas de vez en cuando. Lijar la pared. Sale muchísimo polvo no sé de donde, porque lisa lo que se dice lisa la pared no queda. Aspiradora. Primera mano de pintura: mi hijo con la brocha para las esquinas y yo con el rodillo para el resto, no tenemos un criterio uniforme respecto al grosor de la capa de pintura. La pintura queda tan uniforme como nuestro criterio. De todos modos no se nota mucho con las gafas bañadas en sudor.

    Sexta tarde. Sin las gafas de protección ver las paredes da un poco de grima. Me las pongo, pero me quito la camiseta. Si no, me va a dar una lipotimia subido a la escalera. Vamos con la segunda capa de pintura. Mejor lo hago yo sólo, brocha y rodillo, a ver si queda algo más igualado. No me quito las gafas para no comprobarlo. Ha saltado el imprimador en algunas partes, y deja unos grumos imposibles de quitar a estas alturas. Se acabó. Quito la cinta de carrocero y el papel del suelo. Dejar secar. Limpiar rodillo, brocha, cubo, pecho, brazos, llave inglesa, espátula, destornillador que no sé qué hacía por allí, gafas.

    Séptima tarde. Y última. Vuelvo a poner el radiador. Metemos los muebles en la habitación. Me voy a la tienda a devolver el segundo bote de pintura, que no usamos. De paso compro una lámpara nueva que espero dará una luz sin sombras, que a estas alturas ya sé que son el enemigo del pintor amateur.

    Calificación global de la experiencia: 6/10. Calificación de la pared: 2/10.

    Toda historia que se precie, y esta no va a ser menos, debe acabar con una bonita moraleja. En mi caso, ésta llegó poco a poco, entre emplastecidos y brochazos medio a ciegas. La pintura no es mi profesión. Pero en cierto y perverso modo, resulta divertido. Hacer cosas con las manos me gusta, y mucho más si puedo hacerlo con mi hijo. Podría haber llamado a un profesional, que por un precio módico, tardando tres veces menos, habría hecho un trabajo impecable, sin desconchones ni goterones finales. Pero, como saben todos los que habitan una casa, a los pocos días los goterones ni se notan. Ni siquiera el ocasional brochazo amarillo en el techo blanco tiene importancia. Nadie mira las paredes de su casa como miraría los cuadros de un museo.

    Un maxilofacial de pintorUn maxilofacial de pintor

    En la cirugía maxilofacial hay tantas subespecialidades que uno no puede saber todo de todo. Además, compartimos área anatómica con otros profesionales diferentes. Hace ya veinte años, cuando comencé mi práctica privada, también yo hice cosas que no llevaron a nada: raspajes periodontales, cirugía periodontal a colgajo…. Incluso alguna endodoncia. Para alguien ya habituado por formación a la gran cirugía maxilofacial, la pequeña cirugía no debería ser difícil. Pues lo era. Veinte años después, trabajo en lo que me gusta, tengo una base quirúrgica amplia de veinticinco años si cuento la residencia en el hospital público, y además he practicado variadas y numerosas intervenciones quirúrgicas literalmente cientos de veces. Pero ya no quiero hacer "cirugía ocasional" si sé que algún compañero maxilofacial, o algún colega de otra especialidad lo hace mejor que yo. No voy a pasar por todo el periplo para que luego el resultado sea goterones y desconchones. Yo lo tengo fácil: trabajo con otros cuatro cirujanos maxilofaciales, con dentistas de diferentes especialidades, y en un hospital con especialistas afines en los que confío. Prefiero no tener goterones de pintura en mi conciencia. Creo que a estas alturas, se me entiende.

    Pero no nos vamos a engañar. Vivimos en un mundo muy competitivo. Competimos con otros médicos de la misma especialidad, con especialistas diferentes, y ahora también con dentistas que practican algunos procedimientos quirúrgicos. Quiero pensar que ni mis colegas ni yo no queremos hacer pasar a nuestros pacientes por la fase de desconchones y goterones. Que si tenemos un paciente con una patología con la que no nos sentimos cómodos, vamos a derivarlo a un compañero que sabemos que lo hará mejor. Pero a veces la tentación, económica, de prestigio, de curiosidad, o la simple inconsciencia desencadenan los problemas. Los goterones. Los desconchones. Los malos resultados. Y la cara se mira. Siempre se mira. Mucho más que un Botichelli en El Prado.

    A los pacientes siempre se les ha encomendado dos tareas después de una intervención: seguir las indicaciones del médico y "tener buena encarnadura". Ahora tienen otra para antes de la intervención: discernir si su médico o dentista es un profesional prudente, o uno que cae en la tentación. O que se lanza a ella. No hay solución fácil. Seamos sinceros: todos todos todos (incluso yo) nos creemos profesionales intachables. Ni bajo tortura reconoceríamos lo contrario…. Bueno, si me hacen pintar toda la casa, yo a lo mejor confieso.

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Sobre este blog

Las enfermedades de la cara y al cuello son extraordinariamente importantes por afectar a zonas del cuerpo críticas en el día a día de todo ser humano. Comer, masticar, respirar sin dificultad, dormir y descansar, e incluso sonreír son actividades que damos por supuestas pero que pueden verse afectadas gravemente tras traumatismos, tumores, infecciones o por enfermedades congénitas. El cirujano maxilofacial es el especialista central en estas enfermedades. Tanto el punto de vista médico, como el quirúrgico, como la repercusión social y personal de la patología de la cabeza y cuello son importantes para atender y cuidar apropiadamente a nuestros pacientes. Sin olvidar, claro está, a los odontoestomatólogos, periodoncistas, ortodoncistas y odontopediatras con los que trabajamos en estas tareas. En este blog describimos situaciones clínicas, informamos sobre tratamientos, y reflexionamos sobre lo que significa ser médico y cirujano maxilofacial en estos tiempos de cambio y avance continuo. Todo el equipo del Servicio de Cirugía Maxilofacial estaremos encantados de atenderte.

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