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Blog del Sº de Cirugía Oral y Maxilofacial & Unidad de Odontología y Periodoncia Hospitalaria. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo

  • Requiem por unas gafas (una oda al consumismo).

    Dr. Javier Arias Gallo

    Gafas lupaGafas lupa

    Corría el año 1997 cuando me compré mis gafas lupa. Digo que corría, pero por entonces los años andaban. Correr, lo que se dice correr, los años corren más ahora que soy más mayorcito. A lo mejor el que corría entonces era yo. Pero esa es otra historia. Digo que me compré mis gafas lupa en 1997. Eran unas gafas (pásmese) que llevaban acopladas unas lupas, y de ahí su nombre. Tenían 3 aumentos, de modo que a través de las gafas veía las cosas más grandes, tres veces más. Tengo que aclarar que soy un miope moderado, que según mi optometrista tengo una visión normal una vez me pongo mis gafas de lejos, y que, como buen miope, veo muy bien de cerca.

    Hace 23 años no era tan frecuente como ahora que los cirujanos maxilofaciales usáramos gafas lupa. De hecho, en mi servicio en el hospital yo fui el primero que las usó de modo habitual (iba a poner "regularmente", pero no quería poner el chiste demasiado fácil). Al principio algunos mayores me decían que me iba a acostumbrar a operar con magnificación, y que luego no iba a saber hacerlo sin las gafas. Que iban a ser como una droga de las chungas, digamos. Enseguida terminé la residencia y ya era mucho más independiente, así que dejaron de decírmelo. Me alegro mucho de haberme comprado esas gafas. De lo que más me alegro es de que después de mí, muchos médicos más jóvenes de mi servicio también se compraron gafas lupa. Es una alegría digamos intelectual, porque nunca cobré comisión por el proselitismo. También me alegro de esa decisión de compra porque creo firmemente que el uso de gafas lupa mejora la calidad de la cirugía.

    Mis gafas eran "de flip". Las lupas estaban atornilladas en un pequeño soporte giratorio que se acoplaba al puente de las gafas, de modo que podían subir cuando no se necesitaba la magnificación. También tenían un tornillito lateral para ajustar la distancia entre las lupas a la distancia interpupilar.

    A ver, las gafas lupa dan unos beneficios, y tienen algunos inconvenientes. Con ellas se consigue un campo magnificado de unos 5 cm de diámetro, pero a costa de perder la visión general del campo operatorio. Sí es verdad que se puede mirar por el rabillo del ojo (el idioma español es maravilloso) cuando quieres tener una visión de conjunto de la cirugía. En todo caso, cuanto más grande es el campo operatorio, más fácil es perder la visión del bosque por ver un árbol individual. En unas cirugías es más importante el bosque, en otras uno o dos árboles, y algunas cirugías consisten sólo en tratar un arbolito escuchimizadito el pobre. Por eso no siempre me pongo las gafas lupa para operar. Además, están los inconvenientes ya meramente técnicos. Las gafas lupa que me compré pesaban un poquito, unos gramitos de nada, gramitos de nada que van directos al puente nasal y a las orejas, y que después de unas horas de uso dejan esas zonas como si se hubiera subido un hipopótamo, pero de los pequeñitos. Pero uno se acostumbra a todo, y a base de probar distintos métodos artesanales más o menos se hacía soportable llevarlas. Otro detalle algo incómodo era que debía flexionar el cuello más de lo que se hace cuando se opera sin gafas lupa. Cosas de las gafas de flip, que tienen un ángulo de visión casi horizontal.

    Esas gafas lupa me han acompañado durante estos más de 20 años. Han venido conmigo al hospital público y al privado, han ido al quirófano y a la zona de consultas externas, donde hacemos la pequeña cirugía oral. Han venido conmigo a los cursos de microcirugía y cirugía reconstructiva para residentes y especialistas jóvenes que llevamos haciendo mis compañeros y yo desde 2007. Incluso en casa me han venido bien para algún arreglo ocasional que requiriera mucho detalle. Mis gafas lupa y yo éramos inseparables.

    Este año decidí comprarme unas gafas lupa personalizadas. Lo decidí porque mis gafas ya tenían varios recauchutados: las siliconas del puente nasal se caían con cierta frecuencia y la bisagra de la patilla daba señales inequívocas de rotura inminente. Puede parecer un poco frívolo cambiar por ese motivo unas gafas lupa de 23 años de vida, pero en este mundo consumista en el que hacemos cola para comprar el último cacharro tecnológico solo porque es la versión moderna, el que esté libre de pecado que se atreva con el tirachinas. Así me sentía yo, frívolo y un poco culpable por no ir a la óptica a que me pusieran el tornillito de la patilla y tirar otros 23 años.

    Y cambié las gafas lupa. Mis gafas lupa queridas, de tantos años, que tanto me han ayudado. Me he hecho unas gafas lupa a medida, con las lupas encastradas en los cristales. Más ligeras. Con el ángulo de visión más favorable, para no tener que flexionar el cuello en exceso durante las cirugías. Con más aumento y con más campo visual. Mucho más caras.

    Desde el inicio de la pandemia operamos con dos mascarillas: una ffp2 por debajo, y una mascarilla quirúrgica por encima, para evitar manchas por salpicaduras. Encima, las gafas lupa. Le pongo un esparadrapo de papel en el borde superior de la ffp2 para que las gafas lupa no se empañen. Un "chou". Tiene que estar todo bien adaptado para no molestar. No tenía claro qué pasaría con las gafas lupa nuevas. ¿Merecerían la pena? ¿No habría sido mejor seguir con la cinta adhesiva en la patilla? (la cosa ya estaba así de lamentable en septiembre).

    La clave no estaba en ponerme las gafas. Mis gafas viejas no molestaban al ponerlas. Eran una gota malaya, y el daño se hacía patente sobre todo al quitarlas, como una piedra en el zapato de la que es uno consciente cuando se la quita.

    Así que estaba deseando terminar mi primera cirugía con las nuevas gafas. Descubrí que al terminar de operar no era necesario masajearme el puente nasal ni las orejas. Y que el cuello no me dolía. De hecho, descubrí que quitarme las gafas no reducía la pequeña incomodidad de la nariz por llevar las dos mascarillas. O sea, no las notaba.

    Pero sobre todo lo que descubrí que, siendo el apego por las cosas totalmente innecesario, por lo menos es también pasajero.

    Gafas lupa viejitas, a ti (o a vosotras, qué extraño ménage à trois) me dirijo: adiós, no te quiero volver a ver más. Tampoco te deseo el mal. No quiero que acabes en un vertedero, o reciclada en una chapa de cocacola y en arena del mar. Me gustaría que vivieras una nueva vida gracias wallapop, a ebay o a milanuncios. Haz compañía a otro cirujano, a un relojero o a un corto de vista (varón o mujer, ojo). Pero no le machaques mucho. Ojalá no le hagas heridas en la nariz después que te use durante diez horas seguidas, y que no provoques rigideces en el cuello a tu nuevo dueño. Ojalá tengáis él y tú mejor encaje que el que tuvimos tú y yo durante tantos años. Pero lo que más deseo es que no te vuelvas a cruzar en mi camino. Yo voy a hacer lo posible para no cruzarme en el tuyo. Tengo unas nuevas gafas. Me quedo con ellas (o con ella). ¿Quién sabe qué nos deparará el futuro? No sé si nos separaremos dentro de unos años, con despecho o con alivio, o si estaremos juntos incluso después de la jubilación. Lo que sí sé es que en el momento en que haya algo mejor, más cómodo, más útil, las cambiaré, y no lo sentiré. Hasta la vista, baby.

  • Otros efectos beneficiosos de las mascarillas

    Dr. Javier Arias Gallo

    Otros efectos beneficiosos de las mascarillasOtros efectos beneficiosos de las mascarillas

    Siempre odié la primavera. El tiempo de renacimiento de la vida después del letargo invernal, de alfombras verdes en los campos, de flores multicolores, de insectos revoloteando. Y de alergia. Mucha alergia. Mocos, obstrucción nasal, estornudos, lagrimeo. Por algún motivo ignoto se le llamaba "la fiebre del heno", lo que era bastante desconcertante, porque no daba fiebre. Cuando yo era niño, teníamos el polaramine, un medicamento antihistamínico que daba sueño, mucho sueño. Y los corticoides orales o inyectados, de último recurso. Y ya. Así que yo que oscilaba en esos meses entre dormirme en clase o estar estornudando sin parar (a veces, ambas cosas a la vez (?)). De adolescente salieron los primeros antihistamínicos que no producían sueño, pero su eficacia contra la alergia era algo menor. Ya de jovencito, las cosas mejoraron mucho: como estudiaba medicina, y la primavera era la época de los exámenes, no salía de casa excepto para ir a la facultad, y los síntomas eran más tolerables (el que no se consuela es porque no le pone voluntad).

    Una primavera hace unos 5 años, mi mujer, alérgica y médico también, harta de tanto estornudar, fue a la farmacia y se compró una mascarilla con un filtro potente. Era una FFP2, cuando entonces nadie sabía diferenciar una FFP2 de un USB-c. Durante unas cuantas primaveras fue con su mascarilla con actitud andeyocaliente…..Mientras yo, entre estornudo y estornudo, me burlaba (benévolamente, no soy un suicida) de su aspecto.

    Era un absurdo. Una exageración… pero su sintomatología alérgica desaparecía cuando se ponía la mascarilla. Desaparecía. Del todo.

    Esta primavera, por motivos obvios, yo me uní al club de las mascarillasy ya no odio la primavera. Es sin duda la mejor estación del año: qué explosión de vida, qué generosidad de la naturaleza, que belleza en cada rincón, que dinamismo en los ecosistemas….

    Y por qué cuento esta minianécdota: porque en estos tiempos tan duros que nos ha tocado vivir hay que buscar, entre todo lo malo, alguna cosa buena. Sin duda el neto es claramente negativo: en salud, en las relaciones entre las personas, en las relaciones entre las generaciones, en confianza de unos en los otros, en la situación económica, en las relaciones entre los países. Pero eso no nos impide aprovechar lo que para cada uno sea positivo. A algunos la mascarilla les permite poner la expresión facial que siempre quisieron tener delante de su jefe sin que éste se entere (muy recomendable y saludable); otros aprovechan estos meses para hacerse esa cirugía estética que habían aparcado por los hematomas e inflamaciones postoperatorias, que ahora se ocultan con facilidad; muchos se han arreglado (¡por fin!) las caries y se han hecho las extracciones e implantes dentales necesarios, sin temor a enseñar unos dientes feos en ningún momento. Sólo espero que nadie haya aprovechado para dejar de lavarse los dientes confiando en que la halitosis no sobrepasa las mascarillas… En mi familia hemos erradicado los síntomas alérgicos.

    Y usted, ¿qué cosa buena ha entresacado de esta situación?

  • Las dudas online de una consulta de estética, el sesgo de selección y la virtud del silencio

    Dr. Javier Arias Gallo

    Las dudas de una consulta de estéticaLas dudas de una consulta de estética

    Esta entrada la he rehecho cincuenta veces. Cada vez que la tenía casi terminada, la releía y no me convencía. Y la volvía a cambiar. La perspectiva, los argumentos, la moraleja… todo iba cambiando de una versión a otra.

    Y es que me había olvidado del sesgo de selección. Para centrarnos: el sesgo de selección es el que se comete cuando consideramos que los datos que tenemos son representativos de la realidad. Por ejemplo, si hacemos una encuesta sobre hábitos dietéticos, cometeremos un sesgo de selección si sólo entrevistamos a las personas en la cola de la charcutería. El muestreo adecuado es una de las cosas más complicadas en estadística en general, y en biología y medicina en particular.

    Y yo de lo que quería hablar es de las dudas en una consulta de estética. El asunto es el siguiente: yo participo esporádicamente en una plataforma online de estética, que se llama Multiestética. Tengo mi perfil como médico (en estos tiempos la publicidad es un mal necesario), y, como parte de mi tarea de promoción, contesto preguntas de los pacientes. Las preguntas se clasifican por temas, así que yo sólo contesto las dudas sobre la rinoplastia, que es el procedimiento estético en el que estoy especializado.

    Pues bien, lo que ocurre es que las preguntas son casi siempre de pacientes que ya han sido atendidos por sus cirujanos o médicos estéticos, o que incluso ya han sido intervenidos. Y eso me tenía entre fascinado, intrigado, molesto e inquieto. Porque, ¿quién en su sano juicio, después de que un profesional médico le ha informado adecuadamente en persona, o le ha intervenido quirúrgicamente, se lanza a hacer una pregunta online como un náufrago lanza la proverbial botella al mar? ¿realmente le va a sacar de dudas? ¿Se ha perdido la confianza médico-paciente, así, de sopetón, y la mayoría de los pacientes están más reconfortados con unas palabras de un desconocido en una web? ¿Va a confiar más en la respuesta que uno de nosotros damos en unos minutos, a una pregunta normalmente formulada de un modo casi siempre algo confuso? Lógicamente, los pacientes no son profesionales de la estética ni de la cirugía, y nosotros no somos adivinos ni tenemos el don de la elocuencia. La verdad es que, a veces, todo el asunto tiene cierto aire de juego del teléfono escacharrado, no sé si se me entiende.

    Así que ahí estaba yo, acongojado y desazonado, puliendo aquí y allá el texto final, hasta que de repente pensé en el sesgo de selección. Borré todos los borradores, valga la redundancia. Me di cuenta de que las personas que escriben en estos foros son siempre una pequeña minoría. Casi siempre personas que no han establecido un vínculo de confianza con su médico. Y el vínculo siempre tiene dos direcciones, no vayamos ahora a pensar que los médicos somos perfectos, que muchos tienen (tenemos) nuestras cositas…… Unos pocos pacientes habían sido poco o mal informados, o tenían expectativas poco realistas. Los menos, probablemente, tienen alguna complicación o secuela achacable a la intervención quirúrgica, a las manos del cirujano. Pero nada de esto podía generalizarse en modo alguno. No había ninguna manera de terminar una frase del tipo: "Los pacientes cada vez más…", o "Muchos pacientes quieren…", o incluso "Los pacientes…". Sin embargo, a poco que uno lo piense, el idioma español es tan rico en matices y sutilezas que, si eliminamos el artículo "Los", y lo sustituimos por "Hay", y decimos: "Hay pacientes que…" entonces, ahí sí podemos explayarnos. Pero será literatura, no ciencia ni atención médica, ni un blog decente.

    Así que la moraleja se me escapó de las manos, mi teoría unificadora del devenir de la humanidad se fue por los suelos. Solo me quedó el alivio por haber borrado sin remedio todos los disparates que juraré que nunca hube escrito. Porque, como un compañero neurólogo me recordó hace poco: Bienaventurados los que, no teniendo nada que decir, se abstienen de demostrarlo con palabras.

  • Tranquilidad en tiempos de pandemia

    Dr. Manuel Chamorro Pons

    Coronavirus y salud bucodentalCoronavirus y salud bucodental

    Sabemos ya sobradamente que el contagio por coronavirus ha sido uno de los mayores problemas sanitarios de la sociedad moderna. Ha costado miles de vidas humanas y está lejos de ser erradicado de forma completa.

    ¿Significa esto que no vamos a poder hacer una vida relativamente normal hasta que llegue la ansiada vacuna y este virus sea un triste recuerdo?

    Obviamente no. Una vez pasados los peores momentos de la epidemia, aunque el virus no hay desparecido por completo, tenemos que empezar a retomar una vida laboral y social. No hay más remedio.

    Hay que tener en cuenta que ya conocemos muchas cosas sobre el comportamiento del virus y poco a poco lo vamos dominando.

    ¿Qué ocurrió entonces hace unas semanas en las que todo parecía descontrolado y las víctimas se multiplicaban exponencialmente?

    Pues que el virus irrumpió en pueblos y ciudades y se encontró con una población totalmente desprotegida, no concienciada y le fue fácil contaminar masivamente a las personas. Estoy pensando, por ejemplo, en los atestados vagones del metro de Madrid. La gente en estrecha proximidad transmitió el virus masivamente. Se contagiaron vagones enteros y en un periodo de tiempo muy corto. Lo mismo pasó en comercios y calles, cines y teatros. Los Hospitales se colapsaron. Los sanitarios, médicos y enfermeras, contrajeron también la enfermedad en su afán de tratar a los pacientes que llegaban sin cesar. Un caos.

    Afortunadamente todo esto ha pasado. Tras unas semanas de confinamiento se ha parado el duro golpe y ahora el tema es totalmente diferente.

    Conocemos el comportamiento del virus, sus vías de transmisión y la población está informada.

    El coronavirus se transmite de persona a persona por vía respiratoria. Es decir al hablar o al toser emitimos diminutas gotitas de saliva que nuestro interlocutor, o una persona que esté al lado, puede incorporar a su interior por la boca o la nariz e infectarse.

    También existe la posibilidad de que estas gotitas caigan sobre superficies como mesas, pomos de puertas etc., las lleguemos a tocar llevándolas seguidamente a la boca o nariz nosotros mismos de forma inadvertida. Este tipo de transmisión, aunque existe, es menos probable que el que hemos comentado en primer lugar.

    ¿Qué hemos de hacer entonces? Parece muy claro que si reflexionamos un instante sobre la vía de transmisión del virus, lo más lógico es que todos usemos una mascarilla de protección.

    Parece mentira que una medida tan simple y tan poco sofisticada como ésta haya tardado tanto tiempo en hacerse obligatoria. Hemos oído muchas cosas en relación con las mascarillas: que no eran efectivas, que solo tenía que llevarlas la gente enferma…. Lástima que no hayamos tenido indicaciones claras que hubieran salvado muchas vidas precisamente por prevenir el contagio. El uso de la mascarilla por todos es esencial. Tengamos en cuenta que al llevarla todos, el efecto barrera se multiplica. Posibles personas contagiadas tendrán muy difícil diseminar el virus al llevar mascarilla. Pero se suma a esto que personas sanas, susceptibles de contagiarse, también al llevar mascarilla pero se suma esto a que personas sanas susceptibles de contagiarse también la llevan. Lo que constituye una doble barrera muy difícil de traspasar por una gotita de saliva.

    Entonces; ¿es posible hacer una vida totalmente normal llevando mascarilla? La respuesta es no. En primer lugar tenemos que saber ponerla y quitarla adecuadamente y además evitar contactos estrechos y aglomeraciones, lo que aumentará así el efecto protector de las mismas.

    El mejor consejo que puedo dar para manejar la mascarilla de forma adecuada es lavarse las manos antes de ponerla o quitarla. Así como manejarla siempre por las gomas. Evitando tocar la parte interior, que es la que va a quedar en contacto con nuestra nariz y boca.

    Si todos llevamos mascarilla podremos hacer, si no una vida normal, sí lo más parecido a una vida normal. Tengamos en cuenta que seguramente será una medida temporal, pues la vacuna llegará con suerte el próximo año y nos librará de todo.

    ¿Podemos visitar al médico entonces? ¿Y al dentista?

    Por supuesto que . Piense que además de las mascarillas en las consultas médicas se han adoptado medidas de seguridad adicionales. Por ejemplo en el Servicio de Cirugía Maxilofacial y Odontología del Hospital Ruber Juan Bravo, sus zapatos quedarán desinfectados al entrar, pues pasará por una alfombra sanitaria especial. La persona de recepción le atenderá a través de una mampara y todo el personal lleva mascarilla constantemente y vestuario desinfectado. Si hay que realizarle algún procedimiento dental, el profesional se equipará adecuadamente y trabajará en su boca de forma totalmente segura. Además todos los miembros del Servicio se han realizado las correspondientes pruebas analíticas.

    Las consultas médicas, como tantas otras cosas, se han adaptado para trabajar de forma segura. Más, si cabe, las consultas de Cirugía Maxilofacial y Odontología pues como hemos comentado, al ser la saliva el vector principal de transmisión, nos vemos obligados a redoblar las medidas de protección para trabajar de forma cien por cien segura.

    Le esperamos en nuestro Servicio. Venga sin ningún tipo de temor. Estamos preparados para atenderle de forma totalmente adecuada y segura.

    No retrase más el tratamiento si ya lo había iniciado. Seguramente nuestro personal se habrá puesto en contacto con Vd. para actualizar las citas. O lo hará en breve.

    Si nunca nos ha visitado, sepa que puede hacerlo con total confianza y seguridad. Le esperamos.

  • Los pintores pintando, como debe ser (o cómo solucionar un problema como un verdadero profesional)

    Los pintoresLos pintores

    Dr. Javier Arias Gallo

    Este es un post que se veía venir.

    Hace unos meses publiqué un post con mi traumática experiencia como pintor aficionado (pintando la habitación de nuestro hijo mayor). Aquí está en enlace a tal aventuraEste enlace se abrirá en una ventana nueva.

    Ahora ha venido la revancha: hemos tenido que pintar varias zonas de la casa. En principio, sólo íbamos a pintar la habitación de nuestro hijo mediano. Había que quitar el papel de la pared, porque los piratas con proporciones de bebés y los pajaritos (también cabezones) por lo visto no son la decoración favorita de los chicos de 15 años aficionados al rap y a reggaeton de hoy en día. Resuelto a no tropezar con la misma piedra que el año pasado, contratamos a unos pintores profesionales.

    En mis lejanos tiempos de residente, con más frecuencia de la deseada venían a la urgencia pacientes con el síndrome del poyaque. "Poyaque estoy aquí con esta infección de orina, ¿me podría mirar este grano de la nariz con el que llevo 17 meses y nunca se me ha ocurrido consultárselo al médico de cabecera?". Es algo humano aprovechar el paso del Pisuerga por Valladolid, así que yo me dispuse a hacer lo mismo con los pintores. Ya que iban a pintar la habitación, porqué no darles un repaso a las otras paredes en las que el paso del tiempo y los balonazos, patadas y restos de kétchup habían dejado su huella.

    No se trataba de pintar toda a casa. Se trataba de resolver lo más urgente. Había que seleccionar qué paredes (paños en lenguaje de pintor) pintar, sin montar mucho zafarrancho. Para ello, la primera tarea consistía en… mirar las paredes. No sé en el caso de ustedes, pero no es una de mis actividades favoritas. Además, soy un poco miope (1,5 dioptrias, no se me asusten pensando que opero al tacto), lo que significa que a partir de 1-2 metros, sin gafas, los detalles finos de las cosas se me nublan como las fotos del móvil con filtro "beauty". Así que me di un buen y meticuloso paseo por la casa, escrutando las paredes como si estuviera ante La rendición de Breda, con una mano en la espalda y la otra en la barbilla…. Una recomendación de médico a paciente: no hagan esto en sus casas si no tenían pensado pintar la casa. Se pueden llevar una sorpresa muy desagradable.

    Una vez decidimos qué paños pintar, mediante el criterio de seleccionar los más bochornosamente sucios y agrietados, siempre que pintarlos no implicara mover muebles de más de 20 kg, y una vez aceptado el presupuesto, los pintores se pusieron manos a la obra. Y en tres días terminaron. Y de propina nos arreglaron una puerta que estaba algo desvencijada.

    Siento no poder abundar en detalles y anécdotas jugosas sobre el proceso de pintar. Esos días trabajé desde las 9 a las 20 horas, así que no les llegué a ver pintar. Cuando acabaron, hubo que pasar la aspiradora…. Y ya está.

    Los pintoresLos pintores

    Esto es lo que hacen los verdaderos profesionales: se encargan de solucionar los problemas de los demás, sin generar problemas nuevos, cobrando por ello.

    En el campo de la medicina y de la cirugía, ser un profesional también (no sólo, pero también) debe implicar solucionar los problemas del paciente sin crear otros. O por lo menos, ese debe ser el objetivo. La metáfora de la reparación del hogar no llega muy lejos en el caso de la cirugía: no siempre podemos dejar un cuerpo como nuevo; siempre se notan algo los desconchones, aunque pintemos por encima; las cañerías nunca se pueden arreglar del todo; el sistema eléctrico sigue dando cortocircuitos y nunca se descarta el peligro de incendio; la puerta de entrada nunca cierra del todo; y por las ventanas siempre entra aire cuando hace mucho viento. Y a veces, cuando arreglamos el sistema eléctrico se estropea la fontanería, o se cae una pared.

    Aún así, poner amor y detalle en cada una de las cosas que hacemos, atender a los pacientes "atentamente", enfrentar todas las cirugías, las fáciles y las difíciles, como si fueran (¡que lo son!) lo más importante del mundo en el momento en que las hacemos; todo eso es parte de ser buen profesional. Hay muchas más partes. No caben en este post.

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Sobre este blog

Las enfermedades de la cara y al cuello son extraordinariamente importantes por afectar a zonas del cuerpo críticas en el día a día de todo ser humano. Comer, masticar, respirar sin dificultad, dormir y descansar, e incluso sonreír son actividades que damos por supuestas pero que pueden verse afectadas gravemente tras traumatismos, tumores, infecciones o por enfermedades congénitas. El cirujano maxilofacial es el especialista central en estas enfermedades. Tanto el punto de vista médico, como el quirúrgico, como la repercusión social y personal de la patología de la cabeza y cuello son importantes para atender y cuidar apropiadamente a nuestros pacientes. Sin olvidar, claro está, a los odontoestomatólogos, periodoncistas, ortodoncistas y odontopediatras con los que trabajamos en estas tareas. En este blog describimos situaciones clínicas, informamos sobre tratamientos, y reflexionamos sobre lo que significa ser médico y cirujano maxilofacial en estos tiempos de cambio y avance continuo. Todo el equipo del Servicio de Cirugía Maxilofacial estaremos encantados de atenderte.

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