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Blog del Sº de Cirugía Oral y Maxilofacial & Unidad de Odontología y Periodoncia Hospitalaria. Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo

  • Las bodas de plata en la profesión médica

    Dr. Javier Arias Gallo

    Bodas de plataBodas de plata

    Nos tocó estudiar el MIR en el verano de 1992. Mientras los deportistas de Barcelona sudaban la camiseta, los médicos de mi promoción sudábamos la neurona. Muchos nos sentíamos como corredores. Desde luego, de larga distancia. Y ya muy cerca de la meta. O lo que creíamos que era la meta, y era la parrilla de salida. Me encanta ese meme que dice: "¿te acuerdas de cuando querías ser mayor para hacer lo que quisieras?... ¿Cómo vas con eso?" Pero no me quiero desviar del tema: intensísimos años de estudio, prácticas en el hospital, rotaciones en los servicios clínicos, exámenes. Los tres primeros años preclínicos, en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Desconectada del campus principal de la universidad, quizá por ello con una vida universitaria algo limitada. Los tres últimos años, pasados casi íntegramente en el hospital. La promoción se dividía en cuatro grupos, uno para cada hospital, así que se perdía el contacto con compañeros de los primeros años.

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    Hace un año mi promoción celebró que han pasado 25 años, y que cumplimos las bodas de plata con nuestra profesión. Un año para hacer balance. Balance personal y balance profesional.

    En este post va de momento el balance profesional general. No quiero parecer el típico personaje que sólo se mira el ombligo.

    Decir que la medicina ha cambiado mucho en estos años sería una perogrullada. O quizá sería otra cosa: quizá sería….. falso. Hay pequeños cambios, desde luego: medicamentos que eran la gran novedad en 1992, ahora son fármacos genéricos (libres de la patente correspondiente), o han sido superados por opciones más eficaces, con menos efectos secundarios, y generalmente más caras. La medicina basada en la evidencia, un concepto desconocido entonces, ahora está tan implantada que empiezan a oírse voces en su contra. Porque para mejorar, siempre hay que superar lo establecido. La cirugía mínimamente invasiva y el uso intensivo de las técnicas avanzadas de imagen para planificar y llevar a cabo las intervenciones quirúrgicas han mejorado sustancialmente los resultados y la calidad de vida de nuestros pacientes. El big data ya está siendo una revolución en nuestro entendimiento de muchas enfermedades, en el seguimiento de las enfermedades crónicas, en la prevención primaria, y en el diagnóstico precoz. Los pacientes tienen cada vez más información (no sé si decir conocimiento) sobre las enfermedades, sobre la salud, sobre los hábitos perjudiciales y saludables. E, indudablemente, los médicos tienen una cantidad de conocimientos inconmensurablemente mayor que los médicos de hace 25 años. Al alcance de la mano. A un clic del ratón. Y aún así…

    Y aún así, la medicina, en lo básico, no ha cambiado. Las personas que acuden al médico siguen buscando que el médico les cure. Pero también que les escuche, les atienda y les acompañe en la enfermedad. Claro que hay pacientes difíciles, que pretenden curas inmediatas (a poder ser, con una pastilla), o diagnósticos precisos a golpe de resonancia magnética. Siempre los hubo. Siempre los habrá. Por supuesto que la relación con el paciente es más complicada cuando el tiempo es limitado, cuando el médico mismo está agotado por el trabajo clínico, el trabajo administrativo, la docencia y la formación. Cuando el paciente acostumbrado a la inmediatez de la modernidad se enfrenta a los tiempos lentos de las pruebas clínicas (ni hablemos aquí de las listas de espera). Cuando hay que explicarle al paciente que su biopsia tarda 5 días en ser procesada e informada. Cuando algún paciente no entiende que la medicina no es una ciencia exacta.

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    Pero nada de eso importa cuando se produce el momento estelar en la vida profesional del médico. El momento para el que se ha venido preparando durante años. El momento crucial: es el momento en que entra el siguiente paciente en la consulta. En ese instante, todo vuelve a empezar. Y es que la medicina es un trabajo tan intensamente humano que resulta incluso difícil de explicar. Por poner un ejemplo: todo vale para orientarnos en el diagnóstico. Cómo entra el paciente a la consulta, sólo, acompañado, lentamente o muy rápido. Si se sienta enseguida o se queda de pie. Si empieza a contar su problema sin mediar saludo o espera a que yo le pregunte. Si se sorprende cuando le doy la mano (sí!!! Algunos se sorprenden!!!). Si va al grano con sus síntomas o comienza con el Cretácico. Si su vestimenta es adecuada o chirría. Muchos son pequeños indicios. Esta investigación de los matices es una de las cosas que permite que la medicina, si uno sabe discernirlos, nunca sea una profesión aburrida. Utilizar razonamiento heurístico, que así se llama. Atajos mentales imposibles de explicar, con los que muchas veces damos en el blanco sin saber ni cómo hemos acertado, y con los que a veces nos equivocamos estrepitosamente. Como cuando sospechas un inicio de demencia porque el paciente va despeinado. O cuando sospechas que el dolor facial esconde una patología psiquiátrica por la extraña reacción.... ¡del acompañante del paciente! O cuando crees ver una relación de pareja fracasada por una mirada de soslayo.

    En 1992 nos prometían que meteríamos los síntomas del paciente en el ordenador, y saldría el diagnóstico instantáneamente. "Sistemas expertos", los llamaban. Pues eso tampoco ha llegado. La medicina sigue siendo una profesión humana. Tengo que reconocer que me resulta incómodo decir "profesión humanista". Me suena a "profesión que tiene todos los atributos de humanidad…. sin serlo". Como un servicio de atención al cliente "personalizado" (échate a temblar, será la cosa más impersonal del mundo). Es una profesión humana porque se establece un vínculo entre dos seres humanos. Por supuesto, es un vínculo diferente al de hace 25 años. Pero es que todos los seres humanos nos relacionamos de un modo diferente a como hacíamos hace 25 años. ¿Quién se pasa una hora al teléfono? ¿quién escribe cartas?

  • La profesora de música, el médico y el robot

    Dr. Javier Arias Gallo. Especialista en Cirugía Maxilofacial

    Me voy a lanzar. Voy a contar algo personal que parece no tener nada que ver con la medicina. Y si tiene usted la paciencia de seguir hasta el final, verá que realmente sí se relaciona con la medicina.

    Allá voy: yo soy un pianista frustrado. Frustrado porque la tremenda dificultad del instrumento, junto a las perspectivas de un futuro con posibilidades casi nulas de ganarme la vida dándole a las teclas, hicieron que me concentrara en la medicina y abandonara la música. Hasta ahí, una historia anodina. Y además, una historia muy habitual. Entre mis compañeros de profesión es frecuente encontrar músicos aficionados. Desde luego, es una manera fantástica de desconectar de las dificultades y los disgustos de una profesión tan absorbente como la nuestra.

    Sigo: unos años después de terminar la residencia, y ya profesionalmente algo más estabilizado, decidí retomar la práctica del piano. Estaba un pelín oxidado (yo, el piano seguía en buena forma), pero en unos 2-3 años creía haber recuperado el mediano tirando a bajo nivel pianístico de mis años jóvenes. Bien es cierto que en mi familia se vivió mi retomada afición sin el alborozo que yo imaginaba (por decirlo suavemente). Los verbos que se manejaban en casa respecto a mis sesiones pianísticas estaban en el área semántica, no tanto de "tocar" como de "aporrear" y "desquiciar". A mis vecinos no les pasé ninguna encuesta al respecto, así que no quiero aventurar opiniones. Sin embargo, yo disfrutaba viendo cómo resolvía o al menos combatía las dificultades técnicas que se me presentaban: una parte rápida por aquí, una serie de saltos de la mano izquierda por allá, encajar la coordinación de ambas manos, etc. La técnica era algo muy importante. Mover los dedos rápido, seguir el ritmo, que la pieza sonara como en spotify (eso era imposible) eran los objetivos. Además, hay miles (literalmente) de videos en youtube que te enseñan trucos para mejorar la técnica, no sólo trucos generales, sino aplicados a obras en particular. Excelentes profesores de música que desvelan, y gratis, cómo evitar la temida tensión en el antebrazo, como memorizar las partituras con seguridad, como aumentar la velocidad. Youtube es la pera.

    Me acerco al final de la historia del piano: hace dos meses me apunté a una academia para seguir con la práctica. Aunque el piano es habitualmente un instrumento solitario, ¿quién sabe?, a lo mejor conocía a otros músicos como yo y hacíamos un grupo (la crisis de los 50 adopta las formas más variopintas). Entré en la web de la academia, me gustó el aspecto que tenía la profesora, me pareció que su curriculum era excelente, y me lancé.

    La profesora de música, el médico y el robot

    Y entonces, súbitamente, todo cambió: desde hace dos meses tocar el piano no es para mí una sucesión de problemas técnicos que se deben resolver, no es tocar la partitura más difícil que mi técnica me permita. No, eso es secundario. Tocar el piano es sentir la música, es seguir una melodía y cuidarla desde el principio hasta el fin, y es acompañarla con matices, a veces con suavidad, a veces con firmeza, para que finalmente, la música diga algo, recuerde a algo, y evoque sensaciones. Y ahí es cuando se disfruta de verdad la música.

    Mi profesora es excelente. Tiene más paciencia de la que merezco, y sabe llevarme para que, en las pocas clases que me ha dado, haya recuperado la pasión por el piano. Puede que no sea la mejor profesora del mundo (o puede que sí, no sé). Puede que los pianistas youtubers de Londres y Nueva York a los que sigo por internet den indicaciones más acertadas para tocar una obra en particular. Pero eso es lo de menos. Hay algo que nunca podrán proporcionarme todos los tutoriales de youtube del mundo, que la banda ancha, la fibra óptica y el ADSL no facilitan, y que las redes sociales no aportan. Ese algo es simplemente un vínculo con otro ser humano. El vínculo entre profesor y alumno es el motor fundamental para que el aprendizaje tenga sentido y no se convierta en una sucesión de desilusiones, frustraciones y golpes contra el muro de las limitaciones técnicas. Y supongo que, de alguna manera, para mi profesora, darme clase también le aportará algo, en algún sentido, más allá del mero pago por cada clase. Seguro que al menos le aporta el reto sacar algo de provecho de quien por edad lo tiene más difícil para aprender cosas nuevas. Por último: en poco tiempo he dejado de oír el verbo aporrear en mi casa. Debe ser que la sensación interior de hacer música de verdad se transmite en cierto modo al exterior. Algo es algo.

    Y aquí acaba mi pequeña aventura pianística por hoy. Sigo siendo médico por vocación y atiendo decenas de pacientes todas las semanas. Muchos pacientes, y cada vez más, ya nos "googlean" a los médicos antes de entrar en la consulta. Los que no lo hacen antes de entrar, lo hacen al salir. También han buscado en internet información sobre sus síntomas, sobre la enfermedad que creen o temen tener, sobre las intervenciones quirúrgicas por las que deben o eligen pasar. Mucha información. Muchos datos. Para la escala humana, infinitos. Y entonces el paciente va al médico. Los médicos también somos pacientes en ocasiones, así que lo que viene ahora no me lo invento. Quizá haya pacientes que esperen que el médico sepa todo, que tenga todo internet en su cabeza, que resuelva, con toda la información disponible del mundo, su problema. Quizá haya pacientes que esperen que, dados los datos obtenidos tras la entrevista, la exploración física y las pruebas complementarias, el médico dé un veredicto inapelable que haya que seguir ciegamente. Quizá. Yo no he visto eso. Yo suelo experimentar otra cosa, da igual en qué lado de la mesa me siente. Yo siento que se crea un vínculo entre dos personas; un vínculo mientras estoy en la consulta, mientras le paso visita en el hospital. Un vínculo de corta duración, que se reactiva y poco a poco va fortaleciéndose tras cada visita.

    La profesora de música, el médico y el robot

    Con el paso del tiempo se va estableciendo una sensación de confianza mutua, de que yo voy a ayudar al paciente en lo que pueda, de que voy a pedir las pruebas necesarias, ni más ni menos, y de que voy a proponer el mejor tratamiento del que disponga para beneficio del paciente, o de que si no sé tratar bien a un paciente, lo voy a derivar a un compañero que lo haga mejor que yo. Mi paciente quizá siga mirando cosas en internet. Yo también sigo viendo tutoriales sobre el piano. Pero ya los veo de otra manera. Confío más en el ser humano que semana a semana me orienta y me ayuda a ser mejor. Quiero pensar que a mi paciente le va a pasar igual. O al menos, que confíe en que, gracias a internet, ¡su médico también aprende más rápido y sabe más!

    Ese vínculo es algo infinitamente superior a la mejor web del mejor hospital del mundo, al blog más elaborado, a la descripción de síntomas y al listado de efectos secundarios más exhaustivo. Es un vínculo entre seres humanos, con el que se consigue mucho más que con las personas individualmente consideradas. Tampoco los tutoriales de youtube sustituyen a mi profesora: son gratis, sí. Pero son una paupérrima imitación de una relación real. Claro, si no me pudiera permitir el gasto de la academia de música, me tendría que apañar con internet. Pero seguiría con el aporreo.

    La profesora de música, el médico y el robot

    Quizá llegará un día en que será más barato poner doctores robot que atiendan a los pacientes, les entrevisten, e incluso que interpreten los datos de las exploraciones complementarias con mucha más precisión que un ser humano. Una especie de siri o un okgoogle hipertrofiado con "inteligencia artificial" que nos sustituya a los médicos.

    Así uno tendrá a su médico personal en la tableta, o en el siguiente dispositivo que se le ocurra diseñar al próximo gurú de la informática. No sé, un robot médico y al que accedamos con unas gafas de realidad virtual, y que nos pedirá que conectemos algún pequeño dispositivo al móvil y nos lo restreguemos por las zonas doloridas del cuerpo. Cuando eso sea así, si es que algún día llega a serlo, más vale que el robot se parezca tanto a un ser humano que sea posible crear una ilusión de vínculo en el paciente. Una ilusión creíble. Porque si no, sin esa conexión, vamos a sentirnos muy solos cuando estemos enfermos. Bueno, a lo mejor se erradican las enfermedades. A lo mejor. Pero yo soy de la generación que vio las películas de Regreso al futuro en el cine, y todavía estoy esperando los monopatines voladores.

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Sobre este blog

Las enfermedades de la cara y al cuello son extraordinariamente importantes por afectar a zonas del cuerpo críticas en el día a día de todo ser humano. Comer, masticar, respirar sin dificultad, dormir y descansar, e incluso sonreír son actividades que damos por supuestas pero que pueden verse afectadas gravemente tras traumatismos, tumores, infecciones o por enfermedades congénitas. El cirujano maxilofacial es el especialista central en estas enfermedades. Tanto el punto de vista médico, como el quirúrgico, como la repercusión social y personal de la patología de la cabeza y cuello son importantes para atender y cuidar apropiadamente a nuestros pacientes. Sin olvidar, claro está, a los odontoestomatólogos, periodoncistas, ortodoncistas y odontopediatras con los que trabajamos en estas tareas. En este blog describimos situaciones clínicas, informamos sobre tratamientos, y reflexionamos sobre lo que significa ser médico y cirujano maxilofacial en estos tiempos de cambio y avance continuo. Todo el equipo del Servicio de Cirugía Maxilofacial estaremos encantados de atenderte.

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