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Blog de Isabel Campos, nutricionista del Centro Médico Quirónsalud Toledo

Ansiedad por la comida y sistema de recompensa

La "ansiedad por la comida" es casi tan vieja como el hombre de la caverna. ansiedad-comida-nutricion-quironsalud-toledoansiedad-comida-nutricion-quironsalud-toledo

Imagina al hombre primitivo en su caverna, tras varios días sin comer, un día encuentra un arbusto con bayas o caza un animal grande. Su cerebro le dice: "Cómetelo todo y no te preocupes si te sientes lleno, sigue comiendo, no vaya a ser que no haya más comida en los próximos días".

Lo curioso de esto es que ese cerebro primitivo que le manda comer sin pensárselo dos veces evolucionó "relativamente poco" convirtiéndose en una estructura cerebral muy importante del nuestro. Lo que conocemos como el sistema límbico o sistema de recompensa.

Si a esto le sumamos que, por desgracia, la industria alimentaria, el procesado de alimentos y la publicidad han evolucionado mucho, además del cambio de nuestras costumbres, los altos niveles de estrés crónico y nuestra pobre manera de gestionar emociones, obtenemos la formula perfecta para que nuestro cerebro emocional tenga todas las facilidades para decidir a su antojo lo que comemos.

Nuestro sistema de recompensa está constantemente activado y su objetivo principal es disminuir miedo, estrés o cualquier malestar, provocando placer a través de acciones agradables que generen dopamina. Así, consigue asociar sensaciones placenteras a determinadas acciones para que repitamos esas conductas una y otra vez.

"Comer es un placer", y si no fuera así, ese hombre primitivo, casi "muerto de hambre", no hubiera sobrevivido.

El mero acto de comer produce un aumento de dopamina de forma normal, pero comer, o incluso pensar en alimentos ricos en azúcar, dulces o edulcorados, con harinas refinadas, grasas muy sabrosas, sal o con otros potenciadores del sabor, producen un aumento muy exagerado del neurotransmisor del placer.

Ese mismo aumento descontrolado es el causante de que, esa oncita de chocolate que tanto te apetece por la noche te provoque un éxtasis de placer y te ayude a relajarte, provocando también la necesidad de seguir comiendo más, a pesar de no tener mucha hambre. El placer es efímero y a veces viene acompañado de un batiburrillo de pensamientos de duda ("quizás comí mucho chocolate"), culpa ("que mal hice al comerme toda la tableta") o ira con nosotros mismos ("soy =%÷?∞≠ por habérmelo comido todo").

Esta cascada de pensamientos recurrentes y emociones desbordantes, si no se gestionan adecuadamente, pueden condicionar a corto plazo que el sistema de recompensa se convierta en un tirano que decide repetir esas conductas tan placenteras.

Sentir placer por lo que comes es normal, lo preocupante es cuando esas emociones toman el control de tu alimentación. Ser consciente de esto puede ayudar a gestionar adecuadamente esos momentos de "ansiedad por la comida" o a que comas con más paz contigo mismo, si te das permiso para comer.

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