El ritual se repetía todas las mañanas en la casa de la familia Petras. La madre, Konni, suplicaba a su hijo que se pusiera el uniforme del colegio. El niño se empeñaba en enfundarse una falda rosa. Y, de inmediato, se desataba un vendaval de lloriqueos que sólo amainaba cuando, exhausto, el chaval se embutía en su odiado pantalón y se marchaba a clase arrastrando los pies.
Fuente: La Razón