Con la llegada del calor aumentan las pérdidas hídricas y, con el ello, el riesgo de deshidratación. Además, las actividades al aire libre, la práctica de ejercicio físico, viajes en avión, desplazamientos por carretera, largas jornadas en la playa o la exposición al aire acondicionado, son situaciones habituales en esta época del año que hacen que aumenten las pérdidas de líquidos. Los especialistas recomiendan beber entre 2 y 3 litros al día aunque en los meses de verano, estas necesidades se pueden multiplicar. Si no se reponen las pérdidas, se puede producir una deshidratación.
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